—Pero ninguna de las capitales del Viejo Mundo la supera en intensidad de vida, en animación, en brillo, en variedad de espectáculos. Por lo demás se explica este hecho: la guerra ha dejado extenuados a los pobres europeos.
—Aquí sólo el derroche de luz que noche a noche anima ciertas partes de Broadway es una fiesta. Normalmente se vive ahí en mágicos y perpetuos fuegos artificiales, que hacen de la avenida una vía de estrellas, soles y pedrerías.
—Mas a algunos sud-americanos no les satisface esto. Hacen gala de refinados gustos estéticos, les falta aquí el ambiente artístico, los sofoca tanto progreso material y suspiran sólo por Europa.
—Es claro, observé, que un país relativamente nuevo no puede ofrecer al viajero aquellas cosas que sólo se crean en determinadas épocas del progreso cultural y que después se tornan venerables por la pátina, la veladura de ensueño que los siglos al transcurrir van poniendo sobre ellas.
—Lo cual no quita que en la actitud de muchos de nuestros compatriotas no haya un poquito de pose.
—En la tierra americana no es posible, en verdad, darse el placer de plenitud de convivencia histórica, placer de expansión augusta, que uno siente en medio de las ruinas de los foros romanos al pisar los mármoles que los Césares hollaron o al pasar bajo los arcos que ellos construyeron. No puede uno quedarse embebecido contemplando los restos mutilados de unas Termas de Juliano como le ocurre en el barrio latino de París. Y las catedrales y los museos y cuántas cosas más. Pero, en cambio, ¡qué grandeza ostentan las obras de este pueblo americano y que hondo valor humano encierra la deificación que ellos han hecho del vigor, del esfuerzo y del trabajo! Por lo demás, aunque no tan valiosos como los europeos, se encuentran ricos museos de bellas artes aquí en Nueva York, en Chicago, en Washington, en Boston y en Filadelfia. Aparte de esto, el tiempo no dejará de pasar por todas las obras del trabajo yanqui su estampa embellecedora y esta nación encierra tanta potencia que la imaginación se siente abrumada al tratar de figurarse las proporciones que puede abrazar su desarrollo en el porvenir.
—Fuera de eso, pues, amigo mío, expresó el doctor, pedirle a los americanos que tengan lo que los europeos han hecho o conseguido en decenas de siglos es como exigir de alguien que hubiera sido activo antes de su nacimiento.
—La opulencia de este país, continuó, da lugar a una aparente antinomia. Las diferencias de fortuna son enormes. Entre los archimillonarios de la Quinta Avenida y de West End y los pobres diablos de la Primera, Segunda o Tercera Avenida hay un abismo. Con frecuencia encuentra uno por las calles rostros pálidos y demacrados de gente que tiene que luchar ásperamente por la vida. En las estaciones de los trenes subterráneos suelen dar pena las infelices mujeres que reciben los boletos: flacas, extenuadas, fatigadas con su labor mecánica, los ojos pesados y somnolientos, proclaman con su laxitud falta de sueño y de alimentos. Y los admiradores de las grandezas yanquis proclaman que en la nación americana reina soberana la igualdad. Cuando esos admiradores son chilenos se complacen en presentar el contraste del cuadro que ofrecería nuestro país, donde las desigualdades, serían irritantes. Sin embargo, considerando sólo las cifras de las fortunas, no puede haber entre nuestros más encumbrados millonarios y el más desastrado roto la misma diferencia de riquezas que se observa entre el opulento y el pobre norte-americanos.
—Hizo bien en decir Ud. que la antinomia era aparente. Cuando se habla de la igualdad de los Estados Unidos no se puede referir eso a otra cosa que a una mayor igualdad de oportunidades, que a la más amplia posibilidad de triunfar que tiene el individuo si lucha. La desigualdad aparece en nuestro pueblo como más irritante, porque al revés de lo que ocurre en los Estados Unidos, es más de clases que de individuos y porque lo que podríamos llamar la endósmosis social funciona de una manera más imperfecta. En Chile no existe todavía un movimiento tan intenso y abierto como en este país, de los elementos de las capas sociales de abajo hacia arriba. Hay algo más. Mientras al archimillonario yanqui Ud. no lo ve porque vive en otro plano o porque no lo conoce, Ud. puede codearse todos los días con nuestros diminutos millonarios en las calles de Santiago y Valparaíso, puede hacer comparaciones y, aunque la diferencia sea muchísimo menor que aquí, resulta mayor porque se la percibe desde un punto de vista más sensible y despierta el sentimiento de la rivalidad humana.
—No olvidemos tampoco cuanta obra de bien y progreso social emprenden los millonarios norte-americanos para hacerse perdonar sus millones, actitud en que los nuestros, por lo común ni proporcionalmente ni a la distancia los siguen, dando pruebas de que su altruismo suele no tener más horizontes que los muros de sus casas.