—Anda, hombre, anda por el postigo de la tapia a ver lo que sucede en la calle.

Atanasio corrió hacia el sitio indicado, pero al abrir la pequeña puerta que daba paso a la calle, retrocedió, cayendo de espaldas contra la tapia.

Al mismo tiempo un perro entró en el jardín como una exhalación, se refugió en el pabellón, y fue a esconderse debajo del sofá en donde se hallaba sentado Juanito.

Antes que don Salvador y su nieto se dieran cuenta de lo que sucedía, Cachucha el cuadrillero y veinte o treinta personas más invadieron el jardín dando gritos de terror.

Cachucha iba delante con su enorme sable desenvainado y haciéndole girar de un modo vertiginoso por encima de su cabeza.

Al penetrar aquella turba en el jardín, todos gritaban a un tiempo como si se hubieran ensayado:

—¡Está rabioso, está rabioso!... ¡Matadle, matadle!...

Al pronto, don Salvador, que no había visto pasar al perro, creyó que el rabioso era el pobre cuadrillero que, con el rostro descompuesto y los cabellos erizados, avanzaba a la carrera hacia el pabellón, blandiendo con vigorosa mano su terrible sable.[7]

Don Salvador se retiró de la ventana para proteger a su nieto, y al volverse, lo adivinó todo con espanto y lanzó un grito de horror, quedándose enclavado en el suelo sin poder avanzar ni retroceder.[E]

Allí, junto al sofá, arrodillado, se hallaba Juanito acariciando la sucia y empolvada cabeza de un perro desconocido.