Juanito, que ya se había tendido en el sofá, se incorporó un poco y dijo:

—¿Ha oído Vd.? Parece que ha sonado un tiro a lo lejos, en la calle.

—Será algún cazador que vuelve del monte y habrá disparado la escopeta a la entrada del pueblo.

El niño, que sin duda no quedaba satisfecho con aquellas explicaciones, añadió:

—No, no, abuelito; yo oigo gritos y voces: algo sucede.

Don Salvador fijó un momento su atención y repuso:

—Efectivamente, se oye un gran alboroto en la calle. Los gritos, la algazara, no solamente iban en aumento, sino que parecían acercarse hacia aquel pacífico retiro.

Don Salvador descorrió la persiana de una de las ventanas del pabellón, y asomándose, dijo en voz alta:

—Atanasio.

—¿Qué manda Vd., señor?—contestó un hombre que se hallaba cavando un cuadro de tierra cerca del pabellón.