Entremos ahora en casa de don Salvador Bueno.

El reloj de la iglesia acababa de dar las doce campanadas del mediodía.

La casa de don Salvador, situada a la salida del pueblo, tenía un espacioso jardín. En el centro de un grupo de corpulentos árboles se alzaba un pabellón en donde pasaban durante las calurosas horas de la canícula el abuelo y el nieto largos ratos, entregados unas veces a los ejercicios de la gimnasia y de la esgrima, otras a la lectura.[5]

En el momento que vamos a permitir a nuestros lectores que entren en el pabellón, don Salvador y Juanito se hallaban haciendo lo que en el lenguaje técnico de los gimnasios se llaman poleas, ejercicio que desarrolla los músculos de los brazos, ensancha el pecho y abre el apetito.

El viejo y el niño iban vestidos lo mismo, pantalón de lienzo blanco, una almilla rayada ceñida al cuerpo, zapatillas y cinturón de lona.

Este ligerísimo traje era el más a propósito para hacer gimnasia, sobre todo en las horas calurosas del mes de julio.

—Basta por hoy, Juanito, basta por hoy,—dijo el anciano, cogiendo un pañuelo y limpiando el sudor que corría con abundancia por la frente de su nieto.

—No estoy cansado,—contestó Juanito,—si Vd. quiere, podemos continuar hasta que Polonia nos llame para comer.

Polonia era el ama de gobierno y había sido nodriza de Juanito. El marido de Polonia ejercía en la casa las funciones de mayordomo.

—No, no; tienes la cara encendida como una amapola,—añadió el viejo acariciando la cabeza del niño—y antes de comer conviene que descanses un poco. Vaya, échate en el sofá con las manos cruzadas debajo de la cabeza: esa postura es muy higiénica. Yo voy a hacer lo mismo en esa mecedora.[6]