El indulto
Don Salvador Bueno era el vecino más respetable, más sabio, más caritativo y más rico del pueblo.
Sus sesenta años, su cabeza blanca como la nieve, su rostro bondadoso, su afable sonrisa y su mirada serena hacían exclamar a todo el mundo: ahí va un hombre de bien, un justo.
Don Salvador había viajado mucho y leído mucho con provecho. Sus conocimientos eran tan generales que su conversación resultaba siempre instructiva y amena. Veía las épocas antiguas con la misma claridad que la presente, y al hablar de los grandes hombres de Grecia y de Roma, parecía que hablaba de amigos íntimos que acababan de morir pocos días antes.
Aquel venerable anciano era una enciclopedia siempre a disposición de los que querían consultarla en el pueblo.
Tampoco habían faltado penas al señor Bueno: había visto morir a un hijo al año de terminar de un modo brillante la carrera de ingeniero de Caminos y Canales y a una hija a los seis meses de dar a luz un hermoso niño.[4]
Don Salvador se había quedado solo en el mundo con su nieto, que se llamaba Juanito y en la época que nos ocupa era un precioso niño de ocho años de edad.[D]
El abuelo se había propuesto hacer de su nieto un hombre perfecto.
—Yo le enseñaré—se decía—todo lo que puede enseñarse en un colegio, en el buen sentido de la palabra, porque en los colegios también se aprende algo malo. Procuraré, al mismo tiempo que educo su inteligencia en los sanos principios de la moral, de la caridad y del amor al prójimo, desarrollar sus fuerzas físicas, educar su cuerpo.
Juanito era un niño tan hermoso de cuerpo como de alma, con una inteligencia clarísima y un corazón bondadoso y caritativo.