Sin embargo, nadie era tan valiente que se atreviera a ponerse al alcance de los colmillos del perro.

Entre los perseguidores del perro había tres o cuatro armados con escopeta, podían dar la muerte a su enemigo desde lejos, pero nadie disparaba, temerosos de herirse los unos a los otros.

De vez en cuando se oía la voz del cuadrillero Cachucha que gritaba:

—¡Cuidado con las escopetas!... ¡Ojo, que estoy aquí!...

En este momento aflictivo se abrió una pequeña puerta de la tapia de un jardín y el perro se metió por ella precipitadamente.

Cachucha bajó con ligereza del caballejo y corrió hacia la casa por donde había desaparecido el perro, agitando el sable en el aire con nerviosa mano y exclamando con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Compañeros, salvemos a nuestro padre, salvemos a nuestra providencia!


CAPÍTULO II