Basta un movimiento agresivo del perro para que todos huyan pronunciando allá en su interior la famosa frase de las derrotas: sálvese el que pueda.

Cuando el hombre que había lanzado el primer grito de alarma salió a la calle con la escopeta, el perro se hallaba cuatro o cinco casas más abajo, pero el hombre, sin encomendarse a Dios ni al diablo, se puso la escopeta a la cara e hizo fuego. Afortunadamente para el pobre perro, los perdigones fueron a aplastarse en un poyo de piedra; pero algunos de rechazo dieron en el lomo y en las ancas del animal, que lanzó un aullido doloroso.

Los vecinos salían a sus puertas, y enterándose al instante de lo que ocurría, comenzaron a dar voces y a arrojar sobre el animal, que ningún daño les había hecho, todo lo que encontraban a mano.

El perro, azorado y medroso, huía siempre confiando su salvación a la ligereza de sus piernas y ansioso de hallarse lejos de aquel pueblo inhospitalario en donde hasta las piedras se volvían contra él.

Ya casi iba a conseguir su objeto, cuando vio cerrado el paso por un hombre que montaba un caballejo de pobre y miserable estampa.

Era el cuadrillero del pueblo, que desenvainando un inmenso sable de caballería, se dispuso a cerrarle el paso, mientras que la gente que seguía al perro con palos, hoces y horquillas, le gritaba:

—¡Mátale, Cachucha, mátale; está rabioso!

El pobre animal miró a derecha e izquierda, buscando una salida salvadora.

La gente, lanzando gritos de guerra y exterminio, le iba estrechando por ambas partes de la calle.[3]

La situación del perro forastero era verdaderamente angustiosa, las piedras llovían sobre él dando muchas veces en el blanco, y el enorme sable del cuadrillero Cachucha centelleaba herido por los rayos del sol, amenazándole de muerte.