Pero como si este grito no bastara para ahuyentar al importuno huésped, cogió una piedra y se la arrojó con fuerza.

El pobre animal esquivó el cuerpo lanzando un gruñido y enseñándole los colmillos a la mujer; luego continuó su camino.

Un poco más abajo volvió a detenerse. La puerta de un corral estaba de par en par. En medio había un pozo y una pila de piedra rebosando agua.

El perro no vio a nadie y se decidió a entrar, pero al mismo tiempo salió un hombre de la cuadra con un garrote en la mano. El pobre animal, adivinando que aquel segundo encuentro podía serle más funesto que el primero, se quedó mirando al hombre con tristes y suplicantes ojos y moviendo el rabo en señal de alianza.[B]

El hombre, que sin duda tenía poco desarrollado el órgano de la caridad, se fué hacia el perro con el garrote levantado.

El perro indignado ante aquel recibimiento tan poco hospitalario, gruñó sordamente, enseñándole al mismo tiempo su robusta dentadura y su encendida boca.

—¿Estará rabioso?—se preguntó el hombre.

Y dándose él mismo una respuesta afirmativa, le arrojó el palo con fuerza y entró en la casa gritando:

—¡Un perro rabioso!... ¡Mi escopeta, mi escopeta!

Éste fué el toque de rebato que puso en conmoción a todos los vecinos, porque desgraciado del perro forastero que durante la canícula entra en un pueblo en las horas del calor y se le ocurre a alguno decir que rabia, porque desde este momento queda decretada su muerte; el arma con que debe ejecutarse la sentencia es igual; pues se emplean todas: la escopeta, la hoz, la horquilla, el palo, la piedra; lo primero que se halla a mano para herir.[C]