De vez en cuando se detenía a la sombra de un álamo y levantaba la cabeza como si venteara ese aire húmedo e imperceptible para los hombres, pero que al delicado olfato de la raza canina le indica la fuente o el codiciado charco donde apagar su sed.

Entonces, de la encendida y húmeda lengua del perro caía gota a gota ese sudor interno que, no encontrando paso por los cerrados poros de la piel, se exhala por la boca.

El pobre animal parecía muy cansado y sus ijares se agitaban con precipitada respiración. Luego emprendía de nuevo su marcha por aquel largo camino solitario y abrasado.

De pronto se detuvo. Se hallaba en lo más alto de una cuesta, y a cien metros de distancia, en el fondo de un valle, se veía un pueblo.[1] El fatigado animal pareció vacilar, presintiendo sin duda lo que le esperaba en aquel pueblo que la blanca línea de la carretera dividía en dos mitades.[A]

Por fin se resolvió a continuar su camino porque la sed le devoraba, y en aquel pueblo debía haber agua.

Llegó al pueblo cuyas desiertas calles recibían de plano ese sol abrasador de un día del mes de julio.

Las paredes de las casas, las tapias de los corrales, no proyectaban la menor sombra; el reloj de la torre acababa de dar doce campanadas.

En la primera casa, a la sombra de un cobertizo, se hallaba una mujer lavando; cerca de ella y sobre una zalea se veía un niño que tendría dos años de edad.[2] El niño jugaba con sus rotos zapatos que había logrado quitarse de los pies.

La puerta del corral estaba entornada. El perro, que sin duda había olfateado el agua, la empujó con el hocico.

—¡Tuso!...—le gritó la mujer.