Ya cerca de casa, don Salvador echó de menos el libro.
—¡Ah!—exclamó,—me he dejado al pie del árbol mi precioso ejemplar de El libro de Job, parafraseado en verso por Fray Luís de León. Es preciso volver por él sentiría perderlo.[10]
Fortuna, que iba detrás, de dos saltos se puso delante, y levantando la cabeza, se quedó mirando a sus amos.
El perro llevaba el libro en la boca con tal delicadeza, que ni siquiera lo había humedecido.
—Muchas gracias, Fortuna,—le dijo don Salvador acariciando la inteligente cabeza del perro.—Este ejemplar lo tengo en gran estima y hubiera sentido mucho el perderle porque es un recuerdo de mi madre. Esta noche cuando cenemos procuraré hacerte alguna fineza para demostrarte mi agradecimiento.[11]
El perro comenzó a dar saltos y a ladrar con gran alegría, no por la golosina ofrecida, sino porque comenzaba a ser útil a sus amos.
A los ocho días Juanito y Fortuna eran los dos mejores amigos del mundo: no se separaban nunca. El perro dormía sobre un pedazo de alfombra a los pies de la cama del niño.[12]
Una mañana don Salvador y Juanito se hallaban en el jardín: el perro les seguía como siempre. Don Salvador tendió horizontalmente el bastón que llevaba en la mano para señalar una planta, y entonces Fortuna dio un salto por encima del bastón con gran agilidad y luego se quedó sobre sus patas traseras, erguido y grave; volvió a tender su bastón don Salvador y volvió a saltar Fortuna, pero entonces se quedó con las manos apoyadas en el suelo y las patas traseras por el aire.
Un día Juanito estornudó con gran fuerza y Fortuna introdujo el hocico en el bolsillo de la americana del abuelo, le sacó el pañuelo y fue a presentárselo a Juanito.