Esto hizo reír mucho al abuelo y al nieto, porque Fortuna iba presentando de día en día nuevas habilidades que le elevaban a la ilustrada categoría de perro sabio; por lo que dedujeron que en sus mocedades habría sido perro de volatinero, y tanto al abuelo como al nieto se les pasaban grandes ganas de saber el origen de aquel amigo que les había deparado su buena suerte.
De seguro que por nada del mundo hubiera Juanito vendido a su perro.
Así las cosas, una tarde del mes de agosto se paseaban por la carretera Juanito, Polonia su nodriza y el perro Fortuna.
Don Salvador se había quedado en casa con el alcalde y el secretario del ayuntamiento, que habían ido a consultarle un asunto grave.
El sol se hallaba próximo a su ocaso, la temperatura era agradable y en el cielo no se veía ni una nube.
De pronto interrumpió el silencio de los campos un lamento triste, prolongado, que al parecer salía de la débil garganta de un niño.
Juanito y Polonia se miraron; el perro Fortuna gruñó sordamente y se acercó a su amo como dispuesto a defenderle.
—¿Has oído, Polonia?—preguntó Juanito.
—Sí; parece un niño o una niña que se queja,—contestó la nodriza.
—Y debe ser muy cerca.