Una muchacha de diez a doce años de edad, flaca, encubierta de harapos, el pelo enmarañado y la tez cobriza, se levantó de la cuneta del camino, lanzando dolorosos lamentos.[G]

Fortuna gruñó de un modo amenazador y se acercó más a su amo, con el pelo del lomo erizado y enseñando sus blancos colmillos.

—Calla, Fortuna, calla,—le dijo Juanito, dándole una palmada en la cabeza y mirando al mismo tiempo a la niña mendiga que lloraba amargamente.

La muchacha siguió avanzando sin intimidarla los gruñidos amenazadores del perro.[13]

—¿Qué tienes, pobrecita?—le preguntó Juanito.

—¡Ah, señorito, qué desgracia tan grande para mí!—exclamó la mendiga con los ojos arrasados en lágrimas.—Mi pobre abuelo se cayó desfallecido de hambre, en el barranco de ese puente, y voy al pueblo a pedir auxilio a la guardia civil o a la primera persona caritativa que encuentre.

—¿Pero no podemos nosotros socorrerle?—contestó Juanito.—Mira, la primera casa del pueblo es la mía y allí yo te aseguro que no le faltará nada a tu abuelito.

—¡Pero si le faltan las fuerzas para tenerse en pie!...—añadió la mendiga.—Hace más de veinticuatro horas que el pobre no ha comido nada.[17]

—Pues bien, vamos a verle,—repuso Juanito,—y si no podemos llevarle nosotros, yo iré en una carrera al pueblo a traer lo que haga falta.

Y como el perro no cesaba de gruñir de un modo hostil a la niña mendiga, Juanito le dijo: