El perro Fortuna se abalanzó furioso sobre la mendiga, haciéndole presa en una pierna y rasgándole en jirones el vestido.

La niña lanzó un grito agudo de rabia y de dolor.

—Maldito perro,—exclamó, cogiendo el garrote que había en el suelo y defendiéndose de Fortuna con un valor increíble a su edad.

Entonces salieron precipitadamente dos hombres de mala facha de uno de los carrizales. Llevaban revólver y cuchillo de monte en el cinto y escopetas de dos cañones en las manos.

—Vamos a ver si te callas, Golondrina; no hay que gritar tanto por un arañazo,—dijo uno de los hombres soltando una brutal carcajada.

—Despachemos antes que pase gente por la carretera,—añadió el otro hombre.

—¿Qué haremos de esta mujer?—preguntó el que tenía sujeta a Polonia.

—Atarle las manos a la espalda, ponerle una mordaza y dejarla para que vaya a contarle a su amo lo que voy a decirle.

—¿Pero dónde estará ese maldito perro?—preguntó la Golondrina.—Apenas os ha visto salir del carrizal ha desaparecido; parece que le dan asco las escopetas; pero yo juro que me las pagará, sí, me las pagará; volveré al pueblo y le daré pan con alfileres o con fósforos para que reviente.[14]