Todo esto lo decía la Golondrina poniéndose puñados de húmeda arena en las heridas que le había hecho Fortuna.
—Oye,—dijo a Polonia el jefe de los secuestradores,—dile a don Salvador que nos llevamos a su nieto, y que si quiere recuperarle, que cumpla al pie de la letra lo que le digo en este papel.[H]
Y el capitán metió brutalmente un papel en el pecho de Polonia, cuyos ojos enrojecidos parecían llorar sangre.
—¡Ah! no, no; yo no quiero ir con Vds.; mi abuelito les dará todo lo que quieran, pero yo no quiero ir,—exclamó Juanito, arrodillándose y juntando las manos ante aquellos miserables.
Polonia cayó también de rodillas como para unir sus súplicas a las del niño; pero todo fue inútil; los corazones de roca no se ablandan jamás ni ante las súplicas, ni ante las lágrimas de sus víctimas.
—Trae los caballos, Cascabel,—dijo el jefe dirigiéndose a uno de los suyos.
Y luego, cogiendo bruscamente por un brazo a Juanito que lloraba, añadió:
—A ver si cierras el pico, canario, y no me aturdas los oídos, porque me disgusta tu música.
Uno de los malhechores sacó del espeso carrizal tres jacas.
El jefe montó en una de ellas, colocando en la delantera a Juanito y rodeándole un brazo por la cintura.