—¡Me han robado a Juanito, señor, me lo han robado!...
Y volvió a desmayarse.
Don Salvador se quedó aterrado, le flaquearon las piernas y se abrazó al cuello del alcalde para no caerse.
Afortunadamente, la pareja de la guardia civil, que salía del pueblo a hacer el servicio nocturno de carretera, llegó a tiempo y pudieron conducir hasta su casa a don Salvador y a Polonia.
Reanimados un poco con los auxilios que les prestaron, la nodriza contó detalladamente todo lo que les había ocurrido desde que oyeron los tristes lamentos de la infame niña mendiga hasta el instante que perdió el sentido.
—¡Ah, si hubieras hecho caso de los gruñidos de Fortuna, que os anunciaban un peligro!—exclamó el anciano, golpeándose la frente.—¿Pero dónde está que no le veo?
—Indudablemente le matarían, porque yo tampoco le vi más desde que salieron aquellos hombres del carrizal.[16]
—En fin, dame, dame esa carta, Polonia; no se ha perdido todo; esto será cuestión de dos, de tres, de cuatro mil duros, de todo lo que poseo si se les antoja pedírmelo. ¿No es verdad, guardias? ¿No es verdad, señor alcalde? Los secuestradores son unos infames, unos criminales; pero generalmente no matan a los secuestrados. Me lo devolverán, sí; me lo devolverán, y yo en cambio les daré lo que me pidan. Don Salvador se ahogaba; tuvo que sentarse, se quitó la corbata y se desabrochó el chaleco; no podía respirar.[I]
Mientras tanto Polonia buscaba en vano la carta que tan brutalmente le había metido en el pecho el secuestrador.
—¡Pero no me das esa carta!—exclamó el anciano.