—Si no la encuentro, señor.
—¡Que no la encuentras!—exclamó el abuelo, pálido como un cadáver y levantándose de la silla como impulsado por una fuerza superior a su voluntad.[18]
—No; no la encuentro,—exclamó Polonia con desesperación;—me la metió uno de ellos en el pecho mientras otro me ataba las manos y me ponía la mordaza; pero como luego caí desmayada en el barranco....
—Entonces se te habrá caído en el barranco y es preciso ir a buscarla.[19]
Y don Salvador se dirigió a la puerta.
El alcalde le detuvo, diciéndole:
—Para buscar la carta bastamos nosotros. Polonia nos acompañará. El tiempo ha cambiado y amenaza tormenta. A ver; Atanasio, coge la linterna; vamos andando.
Don Salvador quiso acompañarlos, pero el médico y el cura, que también habían acudido al saber la desgracia de Juanito, se opusieron firmemente.
—¡Oh, Dios mío, Dios mío!—exclamó el anciano con desesperación;—si no encuentran esa carta, mi pobre Juanito está perdido, porque le matarán viendo que no se les da el dinero que piden. Salieron en busca de la carta Polonia, los dos guardias civiles, el alcalde, el secretario, Cachucha y el jardinero.[20]
El médico y algunos vecinos del pueblo se quedaron acompañando a don Salvador.