Cuando los expedicionarios salieron a la calle, los deslumbró un relámpago que fué seguido de un espantoso trueno:
La lluvia caía con esa violencia propia de las tormentas de verano. Nadie hizo caso. Caminaban en silencio por la carretera, preocupados en aquel triste acontecimiento que afligía a todo el pueblo.
Cuando llegaron al puente, Cachucha que iba delante se detuvo, reconoció el terreno, y dijo:
—Trabajo perdido; el barranco viene lleno de agua; es imposible bajar.
La avenida era grande; las turbias aguas se arrastraban con violencia sobre el pedregoso cauce del barranco, rugiendo de un modo amenazador.
—¡Qué lástima!—añadió un guardia civil;—no sólo hemos perdido la carta sino las huellas de los secuestradores.
—¿Y qué hacemos ahora?—preguntó Cachucha.[21]
—Toma; regresar al pueblo;—contestó el alcalde.
Y sin hablar más, regresaron al pueblo tristes, silenciosos y empapados de agua y lodo hasta los huesos.
El pobre don Salvador se quedó anonadado al saber la avenida del barranco.