Cayó de rodillas, juntó las manos y elevó los ojos llenos de lágrimas al cielo, murmurando con trémula voz:—Señor.... Dios mío.... Padre misericordioso, sin cuya voluntad no se mueve una hoja de los árboles ni un átomo de polvo de la tierra.... Vela por mi hijo, vela por Juanito.
Un profundo silencio se extendió por la habitación, todos rezaban en voz baja, todos le pedían a Dios por el niño secuestrado.[J]
CAPÍTULO V
El que siembra recoge
Transcurrieron dos días. El pobre abuelito estaba inconsolable; cuarenta y ocho horas sin dormir, sin comer, sin ver a su nieto.
El alcalde y la guardia civil habían oficiado a los pueblos inmediatos lo ocurrido, pero nadie tenía noticias de Juanito.
Aquel silencio era espantoso para el pobre anciano.
—Ah, sin duda en la carta—se decía—me fijaban un plazo para entregar el dinero.... Dios mío, ¿qué será de Juanito cuando ese plazo se cumpla?[22]
En el pueblo no se hablaba de otra cosa que del secuestro del niño. Todos hubieran dado la mitad de su sangre por encontrarle.