A fuerza de grandes ruegos consiguieron el cura y el médico que don Salvador tomara algún alimento.
Llegó el tercer día. El pobre abuelito, pálido como un muerto, con los ojos cerrados, se hallaba tendido en un sofá, y a no ser por los estremecimientos nerviosos que agitaban su cuerpo, se le hubiera tomado por un cadáver.
Comenzaba a obscurecer; la tenue luz del crepúsculo penetraba por una ventana iluminando con vaga claridad la habitación.
La puerta se abrió poco a poco y asomó por ella la cabeza de un perro. Era Fortuna, cubierto de lodo.
Se acercó al sofá y se quedó mirando fijamente al anciano. Esta contemplación duró algunos segundos; luego comenzó a lamerle las manos a don Salvador.
El cálido contacto de aquella lengua agradecida despertó al anciano. Al ver a Fortuna lanzó un grito que hubiera sido imposible definir, porque la presencia de aquel perro leal, que él creía muerto, le causaba al mismo tiempo una inmensa alegría y un profundo dolor.
—¡Ah, eres tú, Fortuna!—exclamó sentándose en el sofá.—¿Dónde está Juanito? ¿Dónde está el hijo de mi alma?
El perro ladró tres veces dirigiéndose hacia la puerta, en donde se detuvo para mirar a su amo.
—Sí, sí; te comprendo perfectamente; tú vienes a decirme: sígueme y te conduciré a donde está Juanito.
El perro ladró con más fuerza.