—¡Ah! qué importa que la naturaleza no te haya concedido el don de la palabra; yo te entiendo perfectamente; bendito sea el momento que te refugiaste en mi casa.

Y él mismo, que por instantes parecía recobrar sus perdidas fuerzas, comenzó a dar voces, diciendo:

—¡Polonia, Atanasio, Macario, todo el mundo aquí! Que aparejen mi jaca, que llamen a la guardia civil, al cuadrillero, a todo el que quiera seguirme.

Don Salvador mientras tanto había descolgado una escopeta de dos cañones del armero y se había ceñido una canana llena de cartuchos.

Algunos criados entraron precipitadamente en la habitación de su amo, creyendo que el dolor le había vuelto loco. Al verle con la escopeta, Polonia le dijo sobresaltada:[K]

—¿Pero adónde va Vd., señor?

—A donde está Juanito.... Mira, ahí tienes el amigo leal que va a conducirme a su lado.

—¡Fortuna!—exclamó Polonia, que hasta entonces no había visto al perro.

—Ése, ése sabe donde está mi nieto: sigámosle, pero es preciso hacer las cosas con método. Tú, Atanasio, llama a la guardia civil y al cuadrillero; tú, Polonia, pon en unas alforjas algunos comestibles; tú, Macario, apareja mi jaca, pero de prisa, muy de prisa, pues me mata la impaciencia.

Media hora después todo estaba dispuesto y los expedicionarios reunidos en casa de don Salvador.