El perro no cesaba de ladrar y hacer viajes hacia la puerta, indicando su impaciencia.

—En marcha, Fortuna, en marcha;—exclamó el anciano con firme entonación,—condúceme a donde está Juanito, y que Dios nos ayude.

El perro comenzó a dar saltos de alegría, salió a la calle y tomó a la derecha.

Todos le siguieron, Fortuna iba delante, luego dos guardias civiles a pie, don Salvador, el cuadrillero a caballo, y por último, cuatro criados de la casa.

Todos iban armados de escopetas y resueltos a salvar a Juanito. Tenían una fe ciega en las demostraciones del perro. Nadie dudaba de que aquel noble e inteligente animal les conduciría a donde estaba el niño secuestrado.

La noche era serena, apacible. La luna iluminaba con dulce claridad la tierra.

El perro, que caminaba siempre delante, volviendo de vez en cuando la cabeza para ver si le seguían, llegó al puente, y en vez de bajar al barranco, torció a la izquierda caminando por la orilla del cauce unos quinientos pasos. Allí bajó por una vereda, cruzó el barranco y tomó una senda que conducía al monte.

Todos le siguieron en el mayor silencio. Después de dos horas de trepar por aquel camino de cabras, los expedicionarios llegaron a la cumbre de una elevada montaña.

—Guardias, ¿están Vds. cansados?—les preguntó don Salvador.