—Adelante, adelante; éste es nuestro oficio,—contestó uno de ellos.—Mientras el perro no vacile, le seguiremos.

Se hallaban en una meseta sembrada de espesos chaparrales y copudas encinas. La luna lo iluminaba todo; aquel espesar era interminable; a lo lejos parecía distinguirse grandes grupos de árboles en el fondo de un valle encerrado entre dos altísimas montañas. El perro continuó descendiendo por la parte de la umbría durante media hora, luego torció a la derecha, caminando siempre a media ladera.[L]

Los expedicionarios comenzaban a impacientarse: llevaban cuatro horas de no interrumpida marcha por un camino fatigoso y duro.

Llegaron por fin al valle. Grandes grupos de fresnos y de álamos formaban aquí y allá espesos bosquecillos.

El perro penetró resueltamente en uno de aquellos espesares.

De pronto Fortuna se detuvo. Los expedicionarios vieron a pocos pasos de distancia una casa de pobre apariencia.

La casa sólo se componía de piso bajo.

El perro, con mucho recelo, y arrastrándose por la tierra, llegó a la puerta, la olfateó y luego, volviéndose a los que le seguían, formuló uno de esos gemidos tan peculiares a los animales de su raza para indicar la aproximación de su amo.

Todos oyeron este gemido y los resoplidos que daba Fortuna procurando introducir el hocico entre el dintel y la puerta.

A nadie le quedó la menor duda de que en aquella casa estaba Juanito o por lo menos había estado.[23]