Uno de los guardias civiles dijo en voz muy baja:

—Esta casa es la del guarda de esta umbría que acabamos de cruzar. Es hombre de malos antecedentes, ha estado en presidio y la guardia civil le tiene apuntado en su libro. Todo el mundo pie a tierra y preparados; mi compañero y yo entraremos delante. Tú, Cachucha, te pones de centinela por la parte del río, y si ves alguno que quiere escaparse saltando las tapias del corral, le haces fuego. Tú, Atanasio, ten la linterna prevenida por si hace falta.[24]

Se obedecieron las disposiciones del guardia.

Don Salvador sintió que su corazón latía con extremada violencia.

El guardia civil, con la culata de su carabina, dio dos fuertes golpes sobre la puerta.

Transcurrieron algunos segundos sin que nadie contestara. En la casa remaba un silencio sepulcral.

El guardia llamó segunda vez diciendo en voz alta:

—Cascabel (éste era el apodo del guarda del monte Corbel), abre a la guardia civil o descerrajamos la puerta a tiros.

—Allá va, allá va; un poco de paciencia, que me estoy vistiendo,—contestó una voz femenina.

Transcurrieron dos minutos. Dentro de la casa se oyó un ruido como si arrastraran un pesado mueble cambiándolo de sitio. Luego se abrió la puerta presentándose una mujer con un candil en la mano.