Tendría cuarenta años de edad, era alta, delgada, de color cetrino y pelo rojo y enmarañado. Todo en aquella mujer indicaba la falta de aseo; a primera vista era verdaderamente repugnante.

Al ver tanta gente retrocedió dos pasos frunciendo el entrecejo y dijo:

—¿Qué es esto?

—Esto es que venimos a hacerte una visita a ti y a tu marido,—contestó un guardia.—¿Dónde está Cascabel?

—Recorriendo el monte, porque hay muchos dañadores. ¿Pero qué le querían Vds.?—Tú ya sabes lo que nosotros queremos,—añadió el guardia.[M]

—¡Yo!... Pues aunque tuviera el don de la adivinanza,—exclamó haciendo una mueca la guardesa.[25]

—Vamos, menos palabras, y dinos dónde tienes al niño.

—Pues si yo no he tenido hijos nunca.

—Ya que no quieres a buenas, peor para ti, hablarás a malas.

El guardia hizo una seña a su compañero, y cogiendo a la guardesa cada uno de un brazo y juntándole los dedos pulgares de las manos por detrás de la espalda, le pusieron el tornillo y la cadenilla de hierro.