La guardesa exhaló un rugido de dolor, y haciendo rechinar los dientes, dijo:

—¡Vaya una hazaña! ¡qué valientes!

Todos escuchaban el diálogo con gran interés, cuando de pronto Fortuna comenzó a ladrar de un modo estrepitoso.

Al extremo de aquella sala-cocina se hallaba un enorme arcón viejo y desvencijado. El perro escarbaba con furia junto al arcón.

—Ahí está mi hijo,—gritó don Salvador.

Abrieron el arcón: no había nada. El perro continuaba ladrando y escarbando. La guardesa miraba a Fortuna con sombríos y recelosos ojos.

Atanasio y Macario quitaron el arcón de aquel sitio y debajo apareció una trampa de madera con una argolla de hierro.

El abuelo lanzó un grito de gozo, abalanzándose hacia la trampa. Uno de los guardias civiles le detuvo cogiéndole por el brazo y le dijo: —Todo se andará, don Salvador; pero antes conviene tomar algunas precauciones. Esta mujer bajará delante. Atanasio, coge la linterna y abre la trampa.

El jardinero levantó la trampa. La bajada a la cueva era muy rápida y resbaladiza. El perro Fortuna se precipitó por aquel boquete negro ladrando de un modo furioso.

Los guardias civiles empujaban a la guardesa delante de ellos.