Atanasio alumbraba con la linterna; el perro que se había internado en la cueva seguía ladrando a lo lejos.

Todos siguieron aquellos ladridos caminando por un terreno húmedo y resbaladizo, cuyas angostas paredes chorreaban agua.

De pronto se oyó una voz débil que dijo:

—Ah, Fortuna, ¿eres tú, Fortuna? ¡Cuánto te agradezco que vengas a verme!

—Es la voz de mi Juan,—gritó don Salvador.

—Aquí, aquí, abuelito de mi alma,—volvió a decir el niño.

Don Salvador, que iba detrás, apartó a todos y se puso delante, gritando:

—Alumbra, Atanasio, alumbra.

Entonces los claros reflejos de la linterna iluminaron un cuadro interesante: sobre un lecho de carrizo se hallaba Juanito con el traje en jirones y abrazado al perro Fortuna que le lamía la cara gimiendo dolorosamente.

El abuelo cayó también sobre aquel lecho y se abrazó llorando a su nieto, y entonces el perro repartía por igual sus caricias entre el viejo y el niño. Todos lloraban, todos, menos la guardesa, menos aquella fiera que miraba con ojos enjutos y torvo ademán el patético grupo que tenía delante y que iba a abrirle a ella, a su marido y a sus cómplices las puertas de un presidio.[N]