"A juicio del tribunal, las historias de la época y el lenguaje empleado en la Declaración de Independencia demuestran que ni la clase de esas personas importadas como esclavos, ni sus descendientes libres ó no libres, eran entonces reconocidos como parte del pueblo, ni se intentaron incluir en los términos generales empleados en ese memorable documento. Difícil es darse hoy cuenta de las ideas que respecto de esa raza desgraciada prevalecían en la opinión pública del mundo civilizado en la época de la Declaración y cuando se escribió y adoptó la Constitución. La historia de todas las naciones europeas lo revela del modo más inequívoco. Más de un siglo hacía que eran los negros considerados como seres de un orden inferior absolutamente incapaces de asociarse á los blancos en sus relaciones políticas y sociales, inferiores hasta el punto de no tener derecho alguno que el blanco estuviese obligado á respetar, así como de poder ser justa y legítimamente reducidos á servidumbre en su propio beneficio. Eran vendidos, comprados y tratados, cual lo son las mercancías cuando hay alguna ganancia que reportar".
Y armado con su lógica despiadada, continuaba el juez diciendo: "que si la raza africana esclava estuviese comprendida en las palabras de la Declaración de Independencia que afirman la igualdad de todos los hombres, la conducta de los patriotas ilustres que la suscribieron aparecería en completa y flagrante contradicción con los principios mismos que establecían, y en vez de la simpatía del género humano que buscaban, habrían recibido y merecido vituperio universal".
Es triste é ineluctable condición de anomalías sociales de la especie de la esclavitud el arrastrar á tales extremos aun á individuos dotados de nobles y generosos sentimientos. Taney era dulce y bondadoso en el trato íntimo, según el testimonio de cuantos privadamente lo trataron; y no sólo nunca compró esclavos, sino que otorgó la libertad á cuantos por herencia le tocaron, socorriendo y pensionando luego á los que por razón de edad no podían cabalmente gozar del beneficio de la manumisión; pero nacido y educado en un Estado del Sur, abundando sinceramente en las ideas del partido demócrata, no pudo resistir al deseo de echar en la agitada balanza el peso del gran cuerpo judicial que presidía, halló la mayoría de sus colegas dispuesta á acompañarlo en la aventurada empresa, y cometió el error imperdonable. Error de que él mismo fué la víctima primera, pues las crueles odiosas frases que corrieron de su pluma permanecerán eternamente adheridas á su nombre, y se necesita tener bien presente toda la buena fe, todo el desinterés personal del hombre para comprenderlas y atenuarlas.
El fin anhelado no se alcanzó ni siquiera aproximadamente, ni aun en el primer momento; el mal en vez de aliviarse persistió agravándose, y contribuyó, por contrario efecto, á cerrar el paso á todo acuerdo posible entre los dos grandes partidos separados por la cuestión de la esclavitud.
Era claro que los jefes del Sur, que tan arrogantemente pedían desde algunos años atrás el reconocimiento de sus derechos y de su carácter de amos de esclavos en los Territorios, sin arredrarles el peligro de arruinar la fábrica política, no habrían de ceder ó disminuir sus altivas exigencias, ahora que el Tribunal supremo proclamaba la legalidad, la corrección constitucional de su programa. El miedo del porvenir, que tan justamente les infundió el número inesperado de votos reunido por la candidatura adversa, comenzó instantáneamente á minorar, gracias al poderoso apoyo de la aprobación judicial; exageraron sus pretensiones al mismo tiempo que crecían su orgullo y espíritu dominante, y llegaron hasta esperar confiadamente que el respeto á la ley, la sumisión á la cosa juzgada, sentimientos muy esparcidos y siempre vivos en la república, unidos al antiguo deseo de evitar á toda costa el desquiciamiento de la Unión, decidirían á la masa del pueblo á permitir la realización de sus designios.
El efecto entre los agrupados bajo el nombre de "republicanos" fué, como dije, contrario á lo previsto; los que procedían impulsados por ideas de moral y religión se exaltaron hasta el frenesí al encontrarse con la justicia apadrinando lo que consideraban abominable; los que obedecían á un plan político, los moderados, que esperaban tarde ó temprano el triunfo en las urnas electorales por los medios ordinarios, en nada cambiaron, porque sabían bien que la sentencia por Taney publicada resolvía sólo el caso concreto á que se refería, y acatándola á ese único respecto replicaban que los precedentes judiciales, cuando son errados, se destruyen por medio de fallos posteriores; y que una vez arrollado pacíficamente el partido esclavista en nuevas elecciones, las opiniones y tendencias de los magistrados de la Corte Suprema cambiarían poco á poco, por juego y obra de la misma Constitución tan falsa y lastimosamente ahora interpretada y aplicada.
Las cosas por tanto continuaron por breve término en idéntica posición; la gran batalla de principios y de programas tenía que trabarse y decidirse todavía en su verdadero terreno, la intervención de los jueces excitó de antemano las masas combatientes y les proporcionó gritos de guerra más nuevos y estruendosos.