Es celebérrimo ese fallo; no tanto por la parte dispositiva, pues en nación compuesta de más de treinta Estados, independientes entre sí respecto de toda cuestión de derecho común, civil ó criminal, y cuyos códigos particulares en unos protegían el régimen de la esclavitud y en otros ni siquiera lo reconocían, habían por fuerza de ocurrir á menudo conflictos sobre la condición de individuos pasando á cada instante de un Estado libre á otro esclavo. Nada extraordinario, por consiguiente, hacía el tribunal encargado por la Constitución de zanjar esas dificultades, oyendo en grado de apelación un caso particular, ya tratado por otra Corte federal, y confirmando fallo anterior que declaraba esclavos á los demandantes, esto es, al negro Scott, su mujer y dos hijas. La importancia histórica de esa sentencia estriba en sus considerandos, en la doctrina de derecho constitucional que establecían, con el objeto confesado de calmar las reñidas controversias sobre la legalidad de la admisión de esclavos en los Territorios, y, al efecto, aprobando una entre las diversas interpretaciones de la ley fundamental por cada partido preconizadas. Pero en vez de aquietar los ensañados contrincantes vino el malhadado documento á precipitarse como enérgica levadura en la lucha ardiente de los partidos, levantando y excitando las diferencias políticas hasta un grado no visto todavía.

Dred Scott, esclavo de un médico militar domiciliado en el estado de Missouri, había residido algún tiempo sirviendo á su dueño en regiones de la república donde no existía la esclavitud, y á su vuelta, enardecido por violento castigo corporal á que se le sometió, dedujo demanda de emancipación apoyándose en la jurisprudencia inglesa, vigente como derecho común en los Estados Unidos, que declara libre el esclavo que pone el pie donde no sea legal la condición servil. Años hacía que la demanda seguía su curso con varia fortuna en diferentes tribunales, hasta que agotadas sin obtener sentencia firme las dos jurisdicciones, local y nacional, de los Estados y de la Federación, que funcionan al lado una de otra y completamente separadas el todo en país, llegó en grado final ante la Corte suprema en Washington. Movió el caso vivísimo interés; abogados de gran reputación acudieron espontáneamente, sin retribución directa y atraídos sólo por la importancia de la materia, á informar en estrados las dos veces que abrió el tribunal la vista de la causa, ambas en 1856, la primera antes de la elección de Buchanan, la segunda después. De esta manera una precedió y la otra siguió á la encarnizada campaña que tanto ruido y tanto polvo hizo ese año en todo el ámbito del país.

Si el alto tribunal se hubiese limitado á desairar las pretensiones del esclavo y simplemente confirmar por los mismos ó parecidos fundamentos, como un instante lo pensó, la sentencia apelada, sin perder el caso su grave y dramático carácter hubiera excitado la opinión pública por breve espacio y caído pronto en el olvido, máxime cuando se supo dos meses después que toda la familia Scott había recobrado la libertad, en virtud de manumisión voluntariamente otorgada por un nuevo dueño á cuyo poder había pasado. Mejor hubiera sido así mil veces; se habría evitado la peligrosa prueba de echar por pasto á la furia de los partidos el nombre y la respetabilidad del más elevado tribunal de la república. El tribunal también habría renunciado á la tarea imprudente de discutir y resolver en el fallo de un pleito particular toda la espinosa cuestión de la esclavitud de los negros. Pero era demasiado seductora la tentación que hizo á los jueces sucumbir, y si su conducta puede ser tildada como error de juicio y extralimitación de facultades, la rectitud del propósito la explica y excusa cumplidamente.

¿A qué, en efecto, se reducía la diferencia de motes y colores entre los dos grandes partidos acampados frente á frente desde la última lucha electoral y en perdurable son de guerra?—A interpretar diversamente cada uno el espíritu de la Constitución, á negar ó afirmar que en el Congreso residiera el derecho de autorizar la esclavitud en el vasto espacio no organizado aun con forma de estados federales. Divergencia muy honda y trascendental, que no podía, como otras contiendas de partido, resolverse en cambio de nombres ó trueque de personas, porque envolvía inmensos intereses y aventuraba todo el porvenir.

El Supremo cuerpo judicial, nacido de la Constitución misma con el encargo de interpretar y fijar la significación de sus artículos, voz de la conciencia del pueblo americano, como se le ha llamado[20]; del pueblo americano emanado para ser en los casos inciertos garantía suficiente de los derechos individuales y elevarse por cima de los bandos, facciones é injusticias coaligadas,—pudo muy bien creerse investido de la misión de terciar en esa guerra deplorable de opiniones, y puesto que era la demanda de Scott contra su amo ocasión oportuna de pronunciar también sentencia sobre ese otro pleito capital, no vaciló en prestar el patriótico servicio de resolver la intrincada cuestión que turbaba los ánimos y amenazaba la paz. Por desgracia, aunque á tanto alcanzase su jurisdicción, punto de suyo discutible, el resultado defraudó las excelentes intenciones, y, en vez de mejorar la situación política, envalentonó á los intransigentes del partido sudista, exasperó á los adversarios, hasta que rotos los diques, desbordadas las pasiones, llegó la polémica á un grado de ardor inesperado.

Uno de los abogados que arguyeron en los estrados del tribunal contra las pretensiones del demandante, Reverdy Johnson, que gozó después de gran reputación en el foro y en la política, dijo en su arenga, entre otras frases que leídas hoy parecen blasfemias y eran entonces opiniones muy esparcidas, que la extensión de la esclavitud era lo único que podía preservar incólume la libertad de la república. Taney, presidente de la Corte, afirma en la minuta por él redactada como resumen de las opiniones y acuerdos de la mayoría, que "el pueblo americano", en cuyo nombre se escribieron la Declaración de Independencia de 1776 y la Constitución de 1787, no incluía en su expresión colectiva á los negros africanos ni á sus descendientes nacidos en América, y que á éstos sólo se aludía en el segundo de esos instrumentos como á una especie particular de propiedad, de ningún modo como individuos revestidos del carácter y derechos de ciudadanos de los Estados Unidos. Llevando luego sin temor esas afirmaciones á sus naturales consecuencias, deducía que el Congreso no podía impedir que los ciudadanos acudiesen con sus bienes, es decir, con sus esclavos, á establecerse en las tierras no colonizadas todavía y pertenecientes por igual á todos los miembros de la Unión, y eran por tanto ilegales los célebres pactos ó compromisos, desde el de Missouri hasta otros más recientes, que habían puesto trabas á esa facultad. De tal manera excomulgaba la primera autoridad judicial al millón y medio de personas que había votado el programa de la Convención de Filadelfia y proclamaba la perfecta é inatacable ortodoxia de las doctrinas contrarias.

Enfrente del Capitolio de Annapolis, capital del estado de Maryland, se eleva hoy la estatua de bronce de Rogerio Taney, del íntegro magistrado que estuvo veintiocho años á la cabeza del Tribunal supremo; otra se le ha erigido en la rica ciudad de Baltimore, la más floreciente del mismo Estado; y no solamente sus conciudadanos de esa región, muchos otros en el resto del país, enaltecieron á porfía las virtudes del hombre público, la pureza, la honradez, el valor cívico, el tesón inquebrantable desplegado hasta en los últimos límites de la ancianidad, móvil de esos homenajes[21]. Y, sin embargo, el acto más célebre de su vida, la sentencia que redactó y leyó en el caso de Dred Scott, es una fecha lúgubre de la historia americana, un día de los que se señalan con piedra negra, punto de partida de la más infausta peripecia para aquellos mismos que en aquel instante parecían triunfar definitivamente en el seguro terreno de la ley constitucional; porque la guerra fratricida hasta entonces posible, probable si se quiere, apareció en el acto con el carácter de fatal, incontrastable necesidad. Taney vivió lo bastante para verla desencadenada y hasta cerca ya de su desenlace; cuando preparaba el general Grant la última campaña, murió, á fines de 1864, á los ochenta y siete años de edad, en los días mismos en que el estado de Maryland abolía voluntariamente la esclavitud, decretaba la ruina de la institución social que los abogados que hablaron y los jueces que fallaron contra Dred Scott habían creído destinada á durar perpetuamente, por lo menos hasta una fecha, como dijeron, "que ojos humanos no alcanzan á divisar todavía".[22]

Ha dejado, pues, Taney, á pesar de sus raras prendas personales, una reputación nublada, que sobre todo palidece y mengua comparada con la gloria fulgente de Marshall, su inmediato antecesor, que ocupó también por largo espacio la presidencia de la Corte suprema y fué el gran intérprete de la Constitución, el jurisconsulto sin rival á quien, después de Washington, debe más que á ninguno agradecer la república norteamericana la firmeza y robustez que con el curso del tiempo han ido sus instituciones adquiriendo y aumentando. Taney no obtuvo sin seria oposición la venia del Senado cuando el Presidente lo nombró Primer Justicia de la Corte Suprema, pues muchos vieron con susto penetrar en el recinto de la justicia con tan elevadas funciones á quien se había engolfado demasiado en la política de combate durante el gobierno despótico y agitado del general Jackson, de cuyos más autoritarios desmanes había sido secreto consejero y público defensor. Bien justificado quedó ese temor con el tono, la forma é intención de los considerandos del fallo sobre Dred Scott. De cualquier modo en suma que se mire será siempre una obra política, con un fin político, redactada con la parcialidad y exclusivismo de los papeles políticos.

La sentencia resolvía una causa particular en apelación ante el tribunal y expresaba la opinión de la mayoría, de seis de los ocho jueces que lo componían, pero Taney es responsable ante la posteridad de las doctrinas incrustadas en sus párrafos, de la aprobación innecesariamente impartida al programa de un partido reorganizado especialmente en defensa de la perpetuidad de la esclavitud, y más que todo de la imprudente dureza con que, para demostrar que los fundadores de la nación no pudieron haber invitado la raza negra á gozar de la grande obra que edificaban, traza hostilmente cuadros como el siguiente, que hoy mismo no puede leerse sin hondo desagrado: