Fué Douglas un demagogo en el mejor sentido de la palabra; aunque había sacrificado mucho y estaba probablemente dispuesto á sacrificar más todavía por obtener aplausos y votos del partido dominante, probó en una hora crítica, cuando sus antiguos amigos se resolvían á la guerra civil, que siempre nutría vivísimo amor y respeto por la patria, por su engrandecimiento y prosperidad, y que jamás consentiría ser cómplice de su desmenbración. El miedo que los sagaces aristócratas del Sur, los mismos que aceptaban sus servicios y seguían su bandera en el Senado, tenían de verlo instalado en la presidencia, era un homenaje que rendían á su inteligencia y al vigor de su temperamento, pues parecían temer que una vez en el alto puesto no pudiesen más contar seguramente con él y desease aplicar sus propias ideas é imponer su voluntad. Reunía muy raras y notables cualidades: enérgico, atrevido, se erguía y brillaba en medio de la controversia y de la lucha, sin que lo acobardaran los fracasos, convencido siempre de que su influencia personal y la prontitud de sus recursos bastarían á transformar la situación en los trances más difíciles. Así á menudo aconteció. Cuando hizo pasar por ambas ramas del Congreso el bill sobre Kansas y la abolición del Compromiso, fué tan hostil la impresión por varias partes que, como dijo él mismo con imagen bien aventurada, había viajado de Washington á Chicago á la luz de las hogueras en que quemaban su propia efigie. A pesar de todo continuó en auge constante su prestigio popular, día llegó en que ninguna otra persona en el partido le excedía en habilidad parlamentaria, en número de adherentes y en popularidad.

Para haber subido más alto y dejado en la historia americana nombre ilustre, tanto por lo menos como los de Madison ó Calhoun, halló por desgracia obstáculos invencibles nacidos de las condiciones en que fatalmente se encontró desde el principio de su carrera y le impidieron adquirir ese grado de educación, de refinamiento moral é intelectual que, salvo en naturalezas privilegiadas, sólo se adquiere durante la juventud. Como selfmade man fué un tipo característico, aun en esa tierra donde surgen con más frecuencia que en otras hombres formados y elevados por su propio esfuerzo; huérfano de padre y madre desde muy temprano, apenas asistió á escuelas en su niñez y á los diez y seis años ejercía un oficio mecánico, carpintero en el estado de Vermont, donde había nacido. Resuelto á abrirse camino á través de las dificultades, emigró al Oeste de la república, á los nuevos Estados que rápidamente crecían y prosperaban. Una vez fijado en Illinois, donde había entrado solo y con treinta y siete centavos en el bolsillo por único capital, progresó su fortuna en la misma medida que adelantaba el estado en riqueza y población, y fué á los pocos años ocupando uno tras otro los cargos más importantes del servicio público, llegando á ser Senador en 1847, posición encumbrada que hasta su muerte conservó y admirablemente llenó.

Acaso debió Buchanan el triunfo en la Convención de Cincinnati á los méritos mismos de su competidor, pues por lo demás era personaje muy inferior en todo. Pero así como tenía Douglas numerosos amigos, contaba enemigos y envidiosos dentro del partido, auxiliares más ó menos tibios, que había ofendido y llevádose de encuentro en las reñidas batallas políticas en que había figurado y triunfado; el resentimiento de éstos y los temores que en otros inspiraba su nombre, bastaron para echar al suelo su candidatura. Buchanan no tenía malquerientes personales, había pasado varios años fuera del país en el servicio diplomático, era obsequioso, cortés, de fácil palabra, muy estimado en Pennsylvania, su Estado natal, pero débil de carácter y de inteligencia no más que mediana.

El público siguió las diversas fases de esa campaña electoral excepcionalmente ruidosa y agitada con palpitante interés, con más ansiedad que ninguna de las anteriores. Pronto se observó que la calculada desigualdad de fuerzas entre los dos grandes partidos se compensaba por medio de la inesperada simpatía que el nuevo programa antiesclavista despertaba. El partido demócrata disponía de las sumas que las cotizaciones exigidas á los empleados públicos producían; Fillmore contaba de su lado las clases mercantiles, los más ricos capitalistas, que no escatimaron sus contribuciones; pero los republicanos, circunscribiendo sus esfuerzos á los Estados libres, lo cual por sí era una ventaja, sin gastos inútiles, sin estímulos extraordinarios, vieron las masas acudir al simple llamamiento. Miles de individuos, sacudiendo inveterado torpor, contemplaron fijamente por primera vez las consecuencias del plan político de la extensión de la esclavitud, resolvieron, con la tranquila resignación de quien busca la paz de su conciencia, que la esclavitud quedaría enclavada dentro de los límites reconocidos por la Constitución, y que de ahí no debería pasar jamás.

El número de votos antiesclavistas dejó atónitos á muchos, perplejos á los mismos vencedores; Buchanan, en la presidencia, iba á representar una minoría, debido á los cuatrocientos mil sufragios de ciudadanos del Norte, interceptados por el tercer candidato. Esos votos hubieran bastado para elegir á Frémont, suceso increíble seis meses antes, que los hábiles estratégicos, directores desde tantos años atrás de la política nacional, habían considerado resultado tan monstruoso como improbable, y sólo mencionaban para declarar que á tal evento responderían sin vacilar con "inmediata, absoluta, eterna separación".[19]

Cuando se acallaron las voces, y se disipó el humo del combate, un observador mal preparado hubiera podido pensar examinando el campo que no se había realizado alteración alguna profunda, que la situación seguía la misma, pues si el asalto había sido más rudo, la victoria era indudable, y las cosas continuarían por tanto bajo Buchanan como habían marchado ya bajo el gobierno de Pierce. Los vencedores no obstante se encontraban lejos de sentirse tan satisfechos como en anteriores ocasiones; jugaban en esas lides intereses demasiado graves y queridos, y en sus inquietas meditaciones, fija la escrutadora mirada en lo futuro, pudieron ver, como el héroe romano antes de la última batalla, un fantasma siniestro emplazándolos para la próxima elección presidencial.

CAPÍTULO V.
El negro Dred Scott ante el Tribunal supremo

A los dos días de inaugurada la presidencia de James Buchanan, el 4 de Marzo de 1857, publicó el Justicia mayor, ó Regente del Tribunal supremo de los Estados Unidos, la sentencia acordada por mayoría de los jueces en el pleito seguido por un negro esclavo llamado Dred Scott, en vindicación de su libertad.