Mecanismo tan complicado puede funcionar armónicamente si son perfectas á un tiempo la organización y disciplina de sus elementos, condiciones que sólo el tiempo y la práctica pueden llevar al grado de eficacia indispensable. Infinitas y de la más difícil solución tenían que ser, por tanto, las dificultades del nuevo partido en el primer período de su existencia, y todas ellas venían á añadirse á la otra mucho mayor y formidable de entrar inmediatamente en lucha contra el antiguo partido demócrata, fuertemente organizado, dueño del poder, engreído todavía por el completo triunfo obtenido cuatro años antes y bien persuadido de renovarlo una vez más, confiando en la abundancia de sus recursos, sus tropas bien disciplinadas, sus jefes acostumbrados á vencer é igualmente diestros en el ataque y en la defensa.
Los obstáculos, empero, fueron allanándose por sí mismos, un impulso de genuina y entusiasta simpatía suplió á la falta de tiempo y ejercicio para la rápida y metódica movilización de las fuerzas que de todos lados corrían á incorporarse, y el día fijado reunióse en Filadelfia la Convención Nacional Republicana. Tuvieron mucho sus sesiones de tumultuosas y desordenadas; era inevitable, y, comparada con asambleas del mismo género, fué más bien una reunión tan informe como numerosa, un mass meeting, como se le ha llamado.[16] Concurrieron más delegados de lo que se esperaba, buena parte de ellos irregularmente nombrados, todos empujados por el torbellino de entusiasmo que agitaba al país y le inspiraba la idea de abrir una nueva era, iniciar una verdadera revolución, como envueltos en atmósfera encendida por los más variados y vivaces sentimientos. Recuerda en cierto modo la Convención, aunque en otro mundo, bajo otro clima moral, con resultados más inmediatos y prácticos, el célebre Concilio que á la voz del papa Urbano inauguró en Clermont el vasto movimiento de la Europa contra el Asia, en la Edad Media.
La tarea primera de los delegados demandaba, no arranques de entusiasmo sentimental, sino sólido y profundo razonamiento, y, por fortuna, fué cumplidamente desempeñada: redactar el programa ó manifiesto, lo que en el lenguaje especial de la política norteamericana se conoce con el nombre de "plataforma", sobre la cual, á manera de base ó pedestal, solicitan los candidatos el voto del pueblo. Importaba proclamar en el documento, sin causar escándalo, una decidida hostilidad á toda extensión de la esclavitud, porque esa y no otra era la razón de ser del nuevo partido, é hiciéronlo declarando sin ambajes: 1º que ni el Congreso federal ni ninguna Legislatura particular ni individuo alguno ó asociación de individuos podía impartir existencia legal á la esclavitud en los Territorios: y 2º que el Congreso tenía en virtud de la Constitución el derecho y el deber de prohibir allí la poligamia y la esclavitud, "reliquias gemelas de la barbarie". Pero era también indispensable que el programa no asustase á los tímidos ni ahuyentase á los moderados, sugiriendo medidas violentas ó procedimientos revolucionarios; así lo previeron, contentándose con pedir la admisión de Kansas como Estado libre y evitando aludir al derogado compromiso del Missouri y á la ley sobre los huídos, sin duda porque juzgaron suficientes á realizar sus votos esenciales las dos mencionadas resoluciones, robustecidas con la frase en que invocaban los principios de la inmortal Declaración de Independencia, y anunciaban la decisión inquebrantable de aplicarlos siempre, fuera cual fuese el resultado, y no obstante toda amenaza de disolver la Unión. Precisamente habían sido hasta entonces esas amenazas el arma de doble y cortante filo con que los Estados del Sur infundían terror y mantenían su predominio; ahora por primera vez bajaban á la arena intrépidos combatientes, dispuestos á provocar y afrontar la lucha sin miedo á ninguna consecuencia.
Salvado tan felizmente ese paso preliminar, pidió su desquite el entusiasmo, y avasallando á la razón fué unánimemente elegido por la Convención como candidato á la presidencia, en medio de vivas y aplausos, no un hombre político de establecida reputación, no un tribuno de notoria habilidad, sino un personaje novelesco, héroe de extraordinarias aventuras. Llamábase John C. Frémont, contaba cuarenta y tres años nada más y gozaba de gran popularidad; su nombre había corrido de boca en boca antes de 1850, en la época en que todos volvían los ojos hacia la dilatada extensión de tierra al occidente, más allá del Mississipi y sus afluentes, región casi completamente desconocida, donde era ya fácil adivinar fascinante porvenir de grandeza para la república. A la cabeza de pequeñas partidas de exploradores se había lanzado Frémont en varias ocasiones á visitar esa región de indios salvajes, había atravesado desiertos, escalado ásperas cordilleras, descubierto á costa de trabajos y sufrimientos inauditos los desfiladeros, por donde era únicamente posible llegar hasta los aledaños del continente; y las narraciones de sus aventuras habían sido leídas apasionadamente y admiradas en todo el país. Al declararse la guerra contra Méjico, se hallaba al término de una de sus excursiones: con su gente se puso al frente de una insurrección contra el gobierno mejicano, y pronto muchos le dieron el título de conquistador de California. La anexión de esos territorios halló en él después ardiente favorecedor, y fué uno de los primeros senadores enviados á Washington, cuando en 1850 se verificó la entrada de California como Estado sin esclavos en la federación. Desde esa fecha se le tenía por acérrimo y declarado enemigo de la esclavitud.
Otros actos de su vida parecían de propósito combinados para excitar la atención. Era hijo de un francés profesor de idiomas en los estados del Sur, había nacido en el de Georgia, y se había educado solo, por no doblegarse á la disciplina del colegio á que su madre viuda lo mandó. En Washington después se casó secretamente con una distinguida joven, de la mejor sociedad, y contra la voluntad de su padre, que era Thomas H. Benton, representante durante treinta años en el Senado del estado de Missouri y autor de dos gruesos volúmenes, siempre útiles de consultar, titulados "Historia de la marcha del gobierno americano por espacio de treinta años". Aunque más adelante se reconciliaron suegro y yerno, fueron siempre de muy encontradas opiniones y en las elecciones de 1856 no votó Benton por su hijo político para Presidente. A causa de un incidente de sus afortunadas aventuras en el Oeste fué el explorador acusado de insubordinación y desobediencia, y condenado por un consejo de guerra; aunque el presidente Polk levantó la pena impuesta y ofreció devolverle su grado en el ejército, desdeñó orgullosamente Frémont el indulto, por no consentir una sentencia que consideraba injusta; todo ello contribuyó fuertemente á su popularidad[17].
Juzgado á la luz de sucesos posteriores (mal modo de juzgar, pero la consideración se impone como caso de interés histórico), es evidente que la Convención expuso á grave peligro su propia causa y la suerte del país, al designar á Frémont como candidato. Si hubiera ganado la elección la guerra civil habría comenzado en 1857, y se hubiese hallado dirigiendo la cosa pública en tan crítica y formidable situación un hombre que era, como se vió luego demasiadamente claro, extravagante, obstinado en el error, del todo incapaz de moderar sus impulsos ó plegarse á las circunstancias, y que ni siquiera tenía el talento militar que se le suponía.
El partido republicano reunió más de un millón trescientos mil votos de los cuatro millones emitidos esa vez: resultado prodigioso si se tiene en cuenta que la organización se hizo en plena lucha, enfrente mismo del enemigo. Llenó de gozo y de las más halagüeñas esperanzas á cuantos deseaban borrar en el próximo porvenir la negra mancha de la esclavitud, pues ese número de votos representaba la mayoría en once de los treinta y un Estados de la Unión. No faltaron quienes pensasen que con un candidato menos romántico, de más peso en política que Frémont, el desenlace de la campaña hubiera podido ser muy diferente[18].
El partido demócrata, es decir, la masa compacta de los Estados del Sur, menos uno, y la fracción de hombres del Norte que Douglas conducía, triunfó nuevamente, pero por la última vez; bien lo indicaba inequívoca y ominosamente el no haber alcanzado mayoría absoluta y haber ganado la elección, á causa de la división de fuerzas producida por un tercer partido con su candidato, Millard Fillmore, que recogió cerca de novecientos mil votos, venidos de todos lados, del Norte y del Sur. Mas ese partido debía desaparecer en seguida, dejando apenas rastro. Gastó en esa acometida toda su energía, como la abeja que pierde su aguijón dentro de la punzada. Era el partido apellidado Americano ó nativista, vulgarmente knownothing, porque envolvía en profundo secreto su organización y afectaban sus adherentes responder que "nada sabían" cuando se les preguntaba; duró en suma corto tiempo y murió por carencia de vitalidad, de razón de ser; el problema de la esclavitud era la preocupación universal, el alma de los partidos, y pasarlo en silencio no facilitaba en sentido alguno su solución.
En la Convención del partido demócrata, que se celebró en Cincinnati pocos días antes que la del republicano en Filadelfia, sufrió Douglas la amarga pena de no ser á pesar de sus esfuerzos el candidato preferido. Su carácter de representante del gran estado de Illinois, el talento y la infatigable actividad con que se alzó y mantuvo á la cabeza de la mayoría del Senado, sus grandes servicios de creador y defensor del plan conforme al cual pudo ser derogada la limitación de la línea del Compromiso y abierto á la expansión de la esclavitud el suelo de Kansas y Nebraska, justificaban bien esa recompensa, objeto incesante de sus afanes. En vano todo; sus amigos tenazmente abogaron por él; fueron necesarios muchos escrutinios antes de que se confesasen vencidos, antes de que cediesen la vía, que hubieran podido obstruir indefinidamente, á James Buchanan, anciano de sesenta y cinco años, en quien la perspicacia de algunos jefes esclavistas había adivinado dócil y complaciente servidor de ulteriores designios. Los seguidores de Douglas se consolaban con la idea de que contaba éste de edad cuarenta y tres años solamente,—lo mismo por cierto que Frémont,—y podía aguardar con paciencia la próxima revancha: él sentía en el fondo de su espíritu que la oportunidad mejor quedaba perdida, que las nubes bajaban rápidas á encapotar su horizonte.