Las trazas eran más profundas de lo que él mismo se figuraba, y aunque su ambición siguiese entonces reducida á buscar y lograr en otra oportunidad el cargo de Senador, honor mucho más alto le reservaban sus compatriotas llenos de gratitud, llenos de confianza en quien tanta energía y vigor intelectual acababa de desplegar.

CAPÍTULO IX.
Proyectos de anexar la isla de Cuba.

No hay en la historia de los Estados Unidos período más triste que el cuadrienio presidencial de James Buchanan. No puede ser otro el juicio de la posteridad, aun cuando, para aplicarle toda la indulgencia posible, se atienda sólo á los tres primeros años y se prescinda del ruinoso y vergonzoso epílogo, de los cuatro revueltos y miserables meses últimos, desde las elecciones de Noviembre hasta la inauguración de Lincoln, en Marzo de 1861, durante los cuales siete Estados de la Unión se concertaron y organizaron á ciencia y paciencia del primer magistrado de la República, dueño del poder ejecutivo, para romper el lazo nacional y formar ellos solos una nueva confederación independiente, mientras el infeliz anciano, responsable ante sus conciudadanos y ante la historia, confesaba su impotencia absoluta de prevenir y evitar cuanto estaba sucediendo, y en su penoso azoramiento afirmaba que las leyes del país lo dejaban desarmado y sin autoridad para oponerse á los actos de rebelión de los conjurados.

Apenas instalado Buchanan en la Casa Blanca en Marzo de 1857, se imaginó suficientemente capaz de aquietar los ánimos de amigos y enemigos, de resolver por su simple iniciativa el candente problema que entre las dos opuestas fracciones tan violentamente se agitaba y de robustecer la amenazada unión de los estados. Movíanlo, sin duda, excelentes intenciones, pero engañado por su vacilante voluntad, por su cortedad de vista, su inteligencia limitada, ideó realizar la ardua empresa, ajustar el equilibrio, echando sobre uno de los platillos de la sacudida balanza todo su peso como depositario del poder ejecutivo. Juguete de la alucinación más extraña y menos disculpable en el jefe supremo de una poderosa nación, creyó que desavenencias tan graves podían componerse, favoreciendo sin medida la parte más extremada, la que se jactaba de desbaratar la patria, si era menester, por lograr su sedicioso empeño, la que veinte veces había obtenido completa satisfacción y formulaba, después de cada jornada victoriosa, mayores y más exageradas pretensiones.

Es difícil todavía comprender y juzgar imparcialmente su conducta, y persisten en sus país, á despecho del tiempo transcurrido, dos corrientes de opinión en sentido muy diferente. Por de contado que no es ya lícito repetir los fallos precipitados, violentamente hostiles, de los primeros días de la contienda civil, harto excusados por la angustiosa situación de horas tan críticas, que atormentaron sin piedad al pobre hombre, penetrando hasta el retiro en que se mantuvo encerrado los últimos siete años de su vida, hasta su fallecimiento en 1868 á los setenta y siete años bien cumplidos. La acusación injusta de perfidia, de complicidad directa en la traición cometida por algunos miembros de su gabinete, sólo una vez pareció condensarse y formularse en hechos determinados, ante cuya enunciación no era dable permanecer callado ni indiferente, á pesar de la estoica dignidad en que le plugo envolverse; redactó y publicó entonces una vindicación de sus actos en las postrimerías de su presidencia. Años después Ticknor Curtis, distinguido autor de una apreciable «Historia de la Constitución de los Estados Unidos», tomó enérgicamente su defensa en un extenso trabajo, que puede leerse abreviado y sin faltarle ningún rasgo esencial en la Enciclopedia de Biografía americana de Wilson y Fiske [28]. En ambos escritos sostiene Curtis la rectitud perfecta de la conducta oficial de Buchanan; por lo demás su carácter privado jamás ha sido por nadie mancillado ni tampoco el constante, apasionado respeto á la ley fundamental de la república, que fué norma de su existencia, virtud informante de sus actos.

Más cerca de la verdad parece H. von Holst, y no creo se aparte mucho de la equidad histórica, al decir que «la debilidad, la terquedad y la presunción fueron los elementos que en desastrosa combinación crearon el carácter de Buchanan y suministraron los hilos para urdir la tela de su desgraciada política.» [29]

Debióse el triunfo de su candidatura en la Convención, como ya he apuntado, á la necesidad de asegurar para el partido los cincuenta y cuatro votos que representaba el estado de Pennsylvania, donde era muy estimado; también al decidido empeño de evitar á toda costa que fuese Douglas el preferido, pero se granjeó la protección indispensable de los principales caudillos del Sur merced á su larga residencia en el extranjero, lo que le había permitido pasar por neutral entre las dos tendencias que opuestamente preponderaban en el partido y lo mantenían en equilibrio siempre inestable, circunstancia que prestaba á su candidatura un cierto matiz de transacción, mientras en realidad sería, y con más fuerza que ninguno de sus antecesores, lo que después paladinamente se dijo de él: «hombre del Norte con las ideas del Sur». Había, además, dado prendas durante su plenipotencia en Europa, cuando fué á Ostende y á Aquisgran para confabularse con Mason y con Soulé, sus colegas de Francia y España, y lanzar juntos el célebre, escandaloso documento diplomático, conocido con el nombre de Manifiesto de Ostende, en que se anunció al mundo que la diplomacia de los Estados Unidos consideraba la anexión de la isla de Cuba como requisito necesario del desenvolvimiento nacional, que su traspaso por medio de contrato de compraventa pacíficamente concertado sería tan beneficioso para España como indispensable á la república angloamericana, pues de otra manera podría ésta muy bien creerse en el caso de resolver por si sola la cuestión, atendiendo únicamente al interés de su seguridad y de su paz interna.

Esa idea de anexar la isla de Cuba, desde mucho tiempo antes acariciada por casi todos los políticos norteamericanos sin distinción de partido, por juzgarla tan fácilmente realizable como lo había sido la cesión de Luisiana y de las Floridas, adquiridas de Francia y de la misma España; idea que no apartaban de la mente y modificaba siempre su conducta en asuntos de política extranjera, como claramente lo indicaban las reservas y condiciones con que aceptaron el proyecto de Congreso americano concebido por Simón Bolívar y abortado después en Panamá,—fué convirtiéndose poco á poco en artículo permanente del programa de los esclavistas, los que tramaban acrecer así la influencia de que gozaban en el gobierno, y aplicar solapadamente la fortuna general de la nación al triunfo particular de sus intereses especiales. La evolución de este plan, cuya próxima aplicación venía á revelar el manifiesto de Ostende, halló nuevo resorte motor en Pierre Soulé, exsenador de Luisiana, ministro plenipotenciario en España, ardiente entre los más ardientes defensores de la esclavitud, que había ido á Madrid á estudiar los medios más eficaces de impulsar la anexión de la isla, y había provocado después la entrevista en Bélgica con sus colegas. Buchanan, por su parte, prohijó gustoso el plan y no vaciló en estampar el primero su firma al pie del documento, bien persuadido de halagar así los instintos más vivaces del partido y de trabajar en beneficio de sus intereses políticos.