La obra de los tres diplomáticos nació por su propia esencia condenada á no traer consecuencia práctica de especie alguna, trasunto del completo error en que vivían los estadistas americanos al suponer que el gobierno de Madrid quería y podía efectivamente desprenderse de Cuba por medio de un contrato, cuando lo uno no era cierto y lo otro no era realizable. Soulé, más impetuoso y de vista más perspicaz que los demás, aconsejaba al gabinete de Washington precipitar un rompimiento con España, aprovechar el momento aquel en que la guerra de Crimea tenía á Europa inquieta y ocupada, y ganar por las armas lo que buenamente no se conseguía; pero el presidente Pierce titubeó, bien á su pesar, ante la resistencia de su secretario de Estado. Negóse éste rotundamente, por razones de política interior, á entrar por esa senda, la osada sugestión fué desatendida y fracasó todo, quedando su recuerdo como una prueba más del desconcierto y relajación que la absorbente cuestión de la esclavitud introducía en la diplomacia, lo mismo que en las otras ramas del gobierno.

Marcy, pues, el secretario Marcy únicamente, fué quien anuló el grande arranque de Soulé, y aunque no faltaron en el gabinete de Pierce otros ministros para apoyar los proyectos del plenipotenciario, miedo de dislocar el Consejo y deseos de no fraccionar el partido contuvieron por último al Presidente. Contribuyó, además, al desenlace el haberse calmado en el país la efervescencia causada por las intenciones é ideas que se suponían al general Marqués de la Pezuela durante el breve período de nueve meses que gobernó con facultades extraordinarias la isla de Cuba. Había llegado ese general provisto de instrucciones, redactadas á instancias de la Gran Bretaña, para reprimir enérgicamente la trata de África, que clandestinamente se toleraba todavía, y pareció por un momento inclinado á poner la mano sobre la institución misma de la esclavitud, desplegando en favor de la raza negra un interés, una solicitud, que ningún otro había mostrado allí jamás. Esto, á juicio de muchos de los prohombres del partido esclavista norteamericano, equivalía á precipitar lo que llamaban la «africanización» de la isla, amenaza de convertirla pronto en algo semejante á la situación de Haití, y el ejemplo podía ser muy contagioso y forzar desde luego á los Estados Unidos á prevenir la repercusión en su suelo y la probable propagación de tan horrorosa epidemia. La alarma, empero, nació y murió en el mismo año; el marqués de la Pezuela encontró acérrima hostilidad en la parte más influyente y poderosa de la población de Cuba, y á poco, de resultas de un pronunciamiento victorioso, cambió en Madrid la escena, se ordenó su relevo, y fué confiada la administración de la isla á otro militar de ideas contrarias, de carácter muy diferente y con opuesto género de instrucciones.

Buchanan continuó siendo de los que siempre creyeron en lo fácil de la compra, en que dependía de más ó menos millones de pesos, y con su obstinación genial y su constante anhelo de complacer á los dueños de esclavos no renunció á la esperanza sino la mantuvo viva y presente en su memoria. La protestación de la fe, redactada en nombre del partido para acompañar la candidatura presidencial, había prometido todos los esfuerzos necesarios para asegurar «la supremacía en el golfo mejicano» (to insure our ascendency in the Gulf of Mexico), y poco antes de verificarse las elecciones, había mostrado Buchanan tomar tan á pechos esa promesa, que decía: «si logro como Presidente resolver la cuestión de la esclavitud y anexar después á la Unión la isla de Cuba, exhalaré el espíritu tranquilo y traspasaré el gobierno á Breckenridge,» esto es, al Vicepresidente que iba á ser nombrado junto con él[30].

Engolfado durante la primera mitad de su presidencia en la procelosa cuestión de Kansas, faltóle tiempo que dedicar á la isla de Cuba, y solamente cuando el Congreso modificó hasta reducirlo á casi nada su plan de organizar el nuevo estado esclavista, pudo consagrarse á sus nunca borradas aficiones anexionistas y cumplir la palabra empeñada en la conferencia de Ostende. El momento parecía propicio. Douglas mismo, su gran rival dentro del partido, el que había con sus ataques despojado de toda autoridad y valer el plan sobre Kansas, libre ya del susto de perder su puesto en el Senado, volvía también los ojos codiciosamente hacia el Golfo mejicano. Recorriendo Estados del Sur en busca de aplausos para remendar su popularidad menguada por sus últimos desplantes y discursos en el Senado y en Illinois, y para recuperar hasta donde fuese posible el afecto de esa importante sección, había ido pregonando de ciudad en ciudad la necesidad de adquirir la isla de Cuba y había llegado hasta el extremo de decir que era un caso de incontrastable actualidad, superior á toda discusión, pues sonaba ya la hora de extender la mano y asir lo que el destino ordenaba á la nación como ley de su engrandecimiento[31].

Quizás ese ardor anexionista era, tanto en Douglas como en Buchanan, mucho menos real y sincero, mucho más superficial de lo que inducía á creer el vigor de las frases aludidas, porque uno y otro eran personajes arraigados en el Norte y jefes políticos cuyas mejores y más numerosas tropas se encontraban en el Sur, y todo venía en último resultado á resolverse para ellos en maniobra estratégica, en una manera de lograr posición ventajosa, con el principal objeto de infundir á sus seguidores la cohesión y unidad de propósito, de que en ese momento lamentablemente carecían. No era de creerse, por tanto, aunque lo dijeran, que los moviese la intención de librar á España de lo que consideraban carga tan inútil como peligrosa, para ofrecerle, en cambio, suma considerable de dinero contante, cuyo rédito anual fuera por sí solo superior al sobrante de las rentas de la isla. Ni mucho menos había de impulsarles interés por los hijos de Cuba, agobiados por el despotismo colonial de una metrópoli, que en pleno siglo XIX confiaba todavía á duros y atrasados gobernantes militares la misión de aplicar en sus últimas posesiones de América las ideas exclusivas y tiránicas de los azarosos tiempos de la conquista. Esos aspectos de la cuestión servían para deslumbrar embelleciéndola, para encubrir el fondo de intriga electoral ó de combinación de grupos, que era realmente lo único capaz de excitar y poner en movimiento á políticos de esa laya, cuyas miradas no iban más allá de las conveniencias del partido.

Cualquiera hubiera podido adivinar lo que á Buchanan ocurriría, al tocar ahora de nuevo este asunto, con recordar lo que él mismo había consignado diez años antes, siendo secretario de Estado del presidente Polk, en un despacho oficial, en que daba al representante americano en Madrid la orden de ofrecer al gobierno español la suma de cien millones de pesos, si lo encontraba dispuesto á ceder por dinero la isla de Cuba[32]. En el mensaje al Congreso de 6 de Diciembre de 1858 saca á relucir la misma idea, cambiada sólo la forma de su aplicación; y pronosticando futuras negociaciones decía que antes de todo juzgaba indispensable tener á su disposición los medios de hacer algún anticipo al gobierno español, inmediatamente después de firmado el tratado que se ajustase, sin necesidad de aguardar su ratificación por el Senado. Al mes siguiente el senador Slidell, amigo íntimo de Buchanan, sucesor de Soulé en la representación del Estado de Luisiana, (el mismo que navegando junto con Mason de la Habana á Europa fué apresado en alta mar y devuelto en libertad ante la enérgica reclamación de la Gran Bretaña), presentó un bill para autorizar el Presidente á gastar treinta millones de pesos con el fin de facilitar negociaciones encaminadas á la adquisición de Cuba.

Es un axioma histórico irrefragable: los Estados Unidos jamás comprendieron á España, como España jamás comprendió á los Estados Unidos. Estaban éstos destinados en virtud de la marcha fatalmente lógica de las cosas á arrancar un día á España por la fuerza sus últimas posesiones, y España, la inmensa mayoría de los españoles, jamás se resignó á prever la cuestión, á preparar por medio de un contrato su retirada en condiciones relativamente ventajosas. No hay más triste y penoso ejemplo de invencible obcecación por parte de España. Nunca hizo cosa alguna ni á tiempo ni sinceramente por conciliarse el respeto ó el afecto de sus hijos, fué al contrario sin escrúpulo ahondando el lago de sangre derramada por la bárbara represión, y tuvo al mismo tiempo la candidez de creer ganarse la buena voluntad del gobierno de los Estados Unidos con pequeñas concesiones de detalles ó vagas promesas de ventajas comerciales insignificantes. No tenía la magnanimidad de reconocer la isla como virtualmente perdida y de tratar con sus descendientes para salvar honrosamente lo que todavía era susceptible de ser salvado, como tampoco tuvo el sentido práctico de aceptar las garantías materiales y morales que los Estados Unidos una y otra vez solemnemente le ofrecieron. En realidad no sintió un solo instante la gravedad infinita de la situación, porque á su juicio una nación de héroes, robustecida por gloriosas tradiciones de tantos siglos, poco debía temer á una república anárquica de mercaderes, nacida ayer como un hongo en terreno demasiado fértil y engrandecida súbitamente sin cohesión ni armonía de sus partes componentes. Así, cuando llegó la hora de la crisis inevitable, lo perdió todo en una sola brevísima campaña, á que se precipitó con la impasibilidad del que tiene ojos y no ve las señales de los tiempos, del que tiene oídos y no percibe el ruido precursor de la tempestad.

Tanto orgullo en medio de tanta debilidad era para Buchanan enigma indescifrable, y en el mensaje al Congreso decía que era cosa de devanarse los sesos llegar á comprender que España, por conservar una colonia poco importante (comparatively unimportant), rehusase hacer lo que sin titubear ejecutó Napoleón primero, quien era "tan celoso como el que más del honor y los intereses de su nación, y no fué por nadie vituperado al aceptar un equivalente pecuniario en cambio de la Luisiana, cedida á los Estados Unidos".

Mientras Slidell redactaba, en nombre de la Comisión de relaciones extranjera el informe que debía abrir en el Senado la discusión de su bill, llegó á Madrid el texto del Mensaje presidencial, é inmediatamente exclamó en las Cortes el general O'Donnell que se exigiría cumplida satisfacción por tamaña injuria inferida al honor nacional, y la asamblea en masa, mayoría y minoría confundidas en la misma indignación, aplaudió y se adhirió á la vehemente protesta del primer ministro. No por eso sin embargo, se arredró la obstinación de Slidell, mantuvo los términos de su escrito como previendo, y de antemano contestando, el episodio de las Cortes, pues decía: "España es un país de golpes de estado y pronunciamientos, el omnipotente ministro de hoy acaso sea mañana un fugitivo..... Una crisis puede surgir en que la dinastía misma corra riesgo de ser derribada por no poder disponer prontamente de alguna fuerte suma de dinero efectivo"[33].