El escrito de Slidell es un trabajo notable, ordenado, repleto de útiles datos estadísticos tomados en buenas fuentes. Reúnelos por pura vanidad de informante escrupuloso, pues advierte desde el exordio que discutir la importancia para los Estados Unidos de la adquisición de Cuba es tarea tan innecesaria como empeñarse en "demostrar un problema elemental de matemáticas ó uno de esos axiomas de moral filosófica universalmente aceptados en todo tiempo", y que "en ninguna otra cuestión de política nacional se ha pronunciado en forma tan unánime la opinión general". Al enumerar las ventajas que á su juicio reportarían España y los Estados Unidos, la una cediendo la isla y los otros adquiriéndola, no olvida al pueblo cubano y evita tratarlo como simple mercadería, pues afirma como punto averiguado é indudable que "una mayoría inmensa, más que favorece, ardientemente desea, la anexión", y añade: "Extraño en verdad, sería que así no fuese, privada como se encuentra Cuba de todo género de influencia en los asuntos de interés local, sin representación en las Cortes, gobernada por hordas sucesivas de empleados famélicos, enviados por la madre patria á ganar fortunas y volver en seguida á disfrutarlas en los lugares de donde vienen. Menos que hombres serían si viviesen contentos bajo ese yugo".
No es más sombrío este último cuadro de lo que era en Cuba la realidad, pero le faltaba algo esencial. Si lo trazaba el senador con objeto de encarecer la fácil ejecución de su proyecto, no daba el valor que debiera á otra parte de la población de Cuba, sobre la cual no pesaba el yugo con la misma fuerza, que hasta lo estimaba cómodo y ligero, con tal que siguiese oprimiendo duramente á la masa de los nacidos en el país. Componíase entonces de unos sesenta mil individuos nacidos en España, todos hombres, casi todos en el vigor de su edad, para quienes la patria viva y varonilmente amada no era el suelo que los sustentaba, sino la península remota del otro lado del Océano; que temían sin cesar algo de hostil en torno y lo husmeaban con ojo avisor y ceño fruncido, conscientes de la injusticia perenne de que eran cómplices satisfechos; y que mientras la bandera metropolitana los conservase en posesión tranquila de sus privilegios y monopolios repugnaban con honda antipatía cuanto podía venir de la vecina república angloamericana. El gobierno no estaba tampoco en capacidad de ejecutar cosa alguna sustancial en la isla sin el concurso de esa parte de la población.
Entre los cubanos también la idea anexionista no era tan universalmente acogida como Slidell supone; las dos expediciones desembarcadas en la isla á las órdenes del general Narciso López y otros conatos revolucionarios prematuros, malogrados, se estrellaron contra la indiferencia popular, y probaron que no bastaba esa idea á despertar un gran movimiento de entusiasmo patriótico, como el que á la voz de independencia se vió tan velozmente cundir en 1868, precisamente cuando toda excitación del lado de los Estados Unidos había ya cesado, y nadie en ellos hablaba de la compra de la isla. Pero es positivo que el yugo bajo el cual doblaban la cerviz era insoportable, y cuantos allí recibían alguna instrucción, por rudimentaria y escasa que fuese, hubieran saludado con júbilo y apoyado la anexión con tal de sacudir el oprobioso y humillante régimen.
No tardó mucho en aparecer que el plan bosquejado por el Presidente en su Mensaje era una quimera, destituído de toda probabilidad de vida. A pesar del inteligente auxilio prestado por Slidell con su proposición de ley y con su informe, á pesar del absoluto dominio que el partido demócrata ejercía en el Senado, eran aquellos los días finales de la segunda y última "sesión" del trigésimo quinto Congreso, cuya existencia legal terminaba el 4 de Marzo de 1859, y la minoría del Senado, grupo ya muy respetable por su número, el sobresaliente mérito de algunos de sus miembros y el gran papel que su programa, el programa del porvenir, representaba en el país, podía fácilmente impedir por medios estrictamente parlamentarios que llegase el bill á votación definitiva. Antes de la clausura había que votar los presupuestos, y por la táctica de ocupar con discursos de oposición el limitado tiempo reservado á la cuestión, la hora fatal de la suspensión daría al traste con el Mensaje y con el bill.
Así literalmente aconteció. Estaba á la cabeza de la oposición el senador de Nueva York William H. Seward, hombre de suma habilidad, crítico sutil, formidable polemista parlamentario, en quien la fama pública señalaba un futuro Presidente, que no dejó pasar tan favorable coyuntura sin dirigir las estocadas de su palabra acerada contra los que gobernaban, atentos solamente á intereses de partido. Buchanan estaba irremediablemente desprestigiado por el desastroso fin de su empeño de sancionar la entrada de Kansas con la constitución esclavista; el secreto de su debilidad política era ya la fábula del país, y parecía alarde de extraordinaria simplicidad en él solicitar en esos momentos que el Congreso le diera prueba tan grande de confianza en su tacto é imparcialidad, entregándole treinta millones de pesos para gastarlos del modo que le ocurriese, en una fantástica negociación cuyos detalles eran un misterio, puesto que ni existían ni podían ser previstos todavía; para que cayesen en el abismo de su ignorante presunción, y de todas suertes quedasen gastados y perdidos en caso de que el Senado no aprobara el tratado, si algún tratado llegaba á ajustarse. No había, por consiguiente, de escatimar Seward ante pretensión tan extravagante las sarcásticas expresiones de lástima y desdén que el caso sugería.
Por cualquier lado que se mirase tomaba ello en efecto visos tan fuera de lo común, tan raros, que muchos dudaron siempre de que seriamente promoviesen Buchanan y su amigo y consejero Slidell la cuestión de confianza esperando de veras que el Congreso los siguiese por ese camino. Cuando se vió á Slidell abandonar por último el punto dejando la lucha suspendida indefinidamente, quedaron todos convencidos de que había sido una mera apariencia, nada más que deseo de causar un poco de ruido, de poner al partido, gracias á su apetito conocido de nuevos territorios con esclavos, en condiciones de recuperar la influencia y ascendiente que visiblemente disminuían.
La retirada del bill se verificó sin embargo con toda solemnidad, á guisa de funerales de alta clase, conduciendo Slidell el duelo con suma gravedad y manifestando deplorar vivamente el triste fin de la malograda proposición. Como último honor pidió que el Senado una vez más hiciera constar su simpatía profunda; dos tercios y más de los senadores se prestaron gustosos á dar esa prueba de amor puramente platónico. En la inmensa mayoría entró el partido íntegro con sus jefes ilustres; Douglas y Jefferson Davis, los dos polos de la agrupación, cabezas de sus dos alas extremas, votaron en un mismo sentido, y todos nuevamente afirmaron que era necesaria la adquisición de la isla. Agregó entonces Slidell que renunciaba á su derecho de mantener la proposición en la orden del día, por no estorbar en aquella hora avanzada de la espirante sesión la discusión de los presupuestos y entorpecer el servicio público, pero que se reservaba renovarla en la siguiente legislatura; todo lo cual no era más que cumplimiento de oración fúnebre, el bill estaba bien muerto y sin esperanza de resurrección. Con el aparente aplazamiento caía definitivamente la cortina, terminaba la última escena de la larga tragicomedia, que hubiera podido intitularse: "Tentativas de anexar á Cuba", y estuvo representándose á pedazos y á intervalos durante más de veinticinco años en la escena política[34].
Comedia, sí, pero por parte de los Estados Unidos solamente, tenazmente aferrados á su antigua idea de compra y aumento de territorio por "negociaciones honorables", como decía Buchanan en el Mensaje citado; fieles al empeño de suponer á España hasta ansiosa de ceder á Cuba por dinero, empeño que alimentaban, unas veces con reflexiones de historia filosófica, como las de Everett en un conocido despacho diplomático[35], afirmando que la decadencia española comienza al iniciarse en el siglo XVI la aplicación de su sistema colonial, y que "á partir de la pérdida de las más de sus colonias en el XIX había entrado en una corriente rápida de progreso desconocida desde la abdicación de Carlos V"; otras veces dirigiendo encubiertas amenazas, cuyo vano carácter tenían perfectamente penetrado los hombres de Estado en España, bien seguros de que en aquella fecha, dada la actitud de Francia é Inglaterra, no llegarían á transformarse en actos de hostilidad.