Mas lo que en Washington podía parecer extraña y mal coordinada comedia, tomaba desgraciadamente en Cuba doloroso aspecto y provocaba trágicos sucesos, que costaron muchas lágrimas y sangre generosa. Mientras los políticos norteamericanos hablaban sin medida en el Congreso ó ensayaban en las Cancillerías sus estériles ajustes, nobles esperanzas de poner término á su condición de colonos oprimidos excitaban á los cubanos, y juzgando algunos que les incumbía el deber de probar que eran dignos del anhelado rescate, que no eran esclavos afeminados, corrieron á las armas sin detenerles la certeza del desastre en pelea tan desigual, se lanzaron al campo estimulados por noble impaciencia, y murieron en lid desesperada, ó ascendieron impávidos las gradas del patíbulo, ó expiaron lentamente en presidios lejanos su imprudente arrojo.
España, por desgracia para ella y para Cuba, no aplicaba otro remedio á la situación que consejos de guerra y sentencias de muerte ó de cadena, ni corregía tampoco su sistema de explotación y predominio puramente militar. Cada año los hijos del país se sentían más lejos de ella, más agraviados, más hostiles, hasta que al fin llegase un día en que no quedase un solo lazo de afecto entre la colonia y la metrópoli, en que la venganza y el interés se aunasen para aconsejar todas las locuras, todos los sacrificios.
CAPÍTULO X.
John Brown.
Ocioso habría sido esperar que cuestión como la de Cuba, teórica y de poco inmediata aplicación en sustancia, hubiera vuelto á tratarse al término de la presidencia de Buchanan, cuando era evidente que cada nuevo día, acercando los hombres y las cosas á la crisis prevista de 1860, agravaba la preocupación general, y acrecía los temores del porvenir que á todos embargaban. En ese tiempo además, perdida ya por el partido demócrata la mayoría en la Cámara de Representantes, sentía muy disminuído su poder, aunque conservaba intactas sus posiciones en el Senado.
Menos de dos meses antes de reunirse el nuevo Congreso ocurrió de improviso, el 16 de Octubre de 1859, en las cercanías mismas de la ciudad de Washington, un suceso, que á las pocas horas resultó ser la más descabellada empresa, pero cuya simple noticia, dada la inflamable naturaleza de los elementos allegados en la república por la lucha encarnizada de los partidos, pareció caer como chispa desprendida del firmamento sobre un vasto y abierto almacén de pólvora, á determinar inmediatamente y sin remedio la inmensa conflagración que tanto se temía.
Un grupo de hombres venidos de los estados del Norte se apoderó por sorpresa en una noche oscura y lluviosa del arsenal que poseía el gobierno en Harper's Ferry á orillas del Potomac en el estado de Virginia; tomó las armas y pertrechos de guerra allí guardados, proclamó la emancipación general de los esclavos invitándolos á reunirse y organizar con los invasores el núcleo primero de una gran insurrección. Eran diez y ocho individuos nada más, número que no aumentó, pues los contados negros que á la fuerza se agregaron, de poco pudieron servir azorados ante la súbita invasión y embrutecidos por la larga servidumbre. A las treinta y seis horas se hallaron todos estrechamente cerrados dentro del Arsenal por vecinos de la ciudad, milicias de los alrededores, y una compañía de soldados de marina con dos cañones que acudió desde Washington mandada por el coronel Roberto Lee, el mismo que menos de dos años después sería renombrado general en jefe del ejército de la Confederación rebelde. Los asediados reducidos á menos de la mitad continuaron defendiéndose valerosamente, respondiendo sin cesar al nutrido fuego de la tropa y los milicianos, aguardando intrépidamente el asalto del edificio aislado en que por último se atrincheraron. Cuando terminó todo al amanecer del martes, vióse que del grupo entrado el domingo por la noche en el Arsenal diez habían perecido, cinco de los restantes, gravemente heridos, cayeron prisioneros; de estos últimos uno era John Brown y todos, con dos más capturados poco después, debían al mes y medio ser ahorcados públicamente.
Tocaba conocer de la causa á los tribunales de Virginia; la instruyeron y fallaron conforme á leyes, que interpretaron naturalmente en su más estricto sentido: ni hubiera sido procedente esperar otra cosa de dueños de esclavos en Virginia tomando parte en el proceso como jurados, cuando la voz de la vindicta pública reclamaba sin piedad en todos los estados del Sur castigo ejemplar para lo que sinceramente consideraban como el más odioso de los atentados.
John Brown fué un aventurero de heroicas proporciones, y como héroe efectivamente se condujo desde la hora en que forzó las puertas del arsenal de Harper's Ferry hasta el instante mismo en que el verdugo ajustó el lazo en torno de su cuello. Quizás el nombre glorioso que ha dejado parezca á muchos en marcada discrepancia con el acto de imprudente, desatentado arrojo en que su reputación se funda y con otros actos también de venganza implacable, terrible, que cometió durante su residencia en Kansas; pero la justicia popular sin titubear reconoció y aplaudió la corona de mártir y de santo, que en sus sienes inmediatamente pusieron los que con él trabajaban por la redención de los esclavos, hora por hora confirmada después por un pueblo entero en los años formidables en que al campo de tantas mortíferas batallas corrían millares y millares de voluntarios y de quintos, entonando como cántico de guerra, Marsellesa de la salvadora revolución, el himno que lleva su nombre, y gritando en coro la célebre frase final, el estribillo inmortal de sus estrofas: "el cuerpo de John Brown yace en polvo dentro del sepulcro, pero su alma marcha al combate con nosotros".