No es fácil encontrar en la historia muchos ejemplos de temperamento fanático tan característico y tan completo como el de este rudo abolicionista americano, ni entre los feroces adalides del Viejo Testamento, ni entre los sectarios modernos de Oliverio Cromwell; y de esas dos grandes familias de guerreros religiosos procede John Brown, pues descendía de uno de los puritanos que desembarcaron de la Flor de Mayo en las costas de Massachusetts, y porque su verdadera, casi única educación, en la juventud y en la edad madura, fué la incesante lectura de la Biblia, de la que sabía grandes pedazos de memoria, y repetía constantemente cuando hablaba ó escribía versículos de los libros hebreos. Por espacio de más de cuarenta años, de los sesenta que vivió, quizás no apartó un día su pensamiento y su voluntad del propósito á que desde muy temprano juró consagrarse[36], declarando, según sus propias expresiones, guerra eterna al esclavizamiento de los negros; y cumplió el juramento, bien organizando al principio colonias de negros libres en Nueva Inglaterra, ó favoreciendo en todo tiempo la fuga de esclavos de los estados del Sur al Canadá, ó batiéndose como un león en las guerrillas sangrientas de Kansas, ó preparándose para la aventura final en que halló la muerte. Tan inquebrantable era la fortaleza de su espíritu que, conforme á la relación de un testigo, (uno de los rehenes que tomó desde las primeras horas de su entrada en el pueblo) cuando se defendía ya cerca del fin, acorralado en la casa de máquinas del Arsenal, con uno de sus hijos muerto á su lado, otro gravemente herido y moribundo, gritaba para infundir ánimo á los pocos que quedaban moviendo el brazo y el rifle que tenía en la mano, mientras con la otra mano seguía ansiosamente los signos de vida en el pulso del hijo agonizante. Al caer prisionero estaba acribillado de heridas de arma blanca, pues peleó cuerpo á cuerpo hasta desfallecer; y cuando diez días después debió comparecer ante el tribunal fué llevado tendido en un catre; desde él respondía á los jueces y habló con serenidad pasmosa, admitiendo todos los cargos ciertos y rechazando con energía toda sugestión de excusa por causa supuesta de demencia. Algo repuesto ya de las heridas marchó el 2 de Diciembre con frente erguida hasta el lugar de la ejecución; allí, colocado sobre la trampa del tablado y con un gorro sobre los ojos, lo mantuvieron de pie un cuarto de hora, y en ese largo espacio de tiempo permaneció erecto, sin el menor signo de estremecimiento, sin que por un segundo flaqueara su extraordinaria energía[37].
Seres de tal temple, en quienes no oscila por terror una sola molécula del metal de su carácter, aún sometidos á las pruebas más violentas, nunca se sacrifican en balde, y es incalculable la impresión que dejan sobre los que presencian esos alardes de heroica constancia ó los oyen relatar por los asombrados circunstantes, impresión que necesariamente repercute por rumbos imprevistos y labora eficazmente en beneficio de la causa inspiradora y confortadora de esfuerzos tan sobrehumanos. En la situación de la república el suplicio de John Brown, decretado sin duda de acuerdo con la ley vigente y aplicado á un delito agravado en su consumación por derramamiento de sangre y destrucción de propiedades, apareció vestido de colores muy diferentes, no sólo ante las masas irreflexivas, sino ante hombres tan honrados y serenos como Emerson, como Thoreau, como varios otros, y mientras esos dos ilustres pensadores comparaban el suplicio en la horca del prisionero de Harper's Ferry con la crucifixión de Jesús, lágrimas infinitas de fecunda simpatía caían como fructificante semilla sobre un suelo preparado á recibirla durante muchos años de predicación y de enseñanza.
Del otro lado del Océano se siguieron también con palpitante interés las escenas del proceso, y desde la roca de su destierro voluntario en honor de la libertad se oyó la gran voz del poeta francés enalteciendo el heroísmo del prisionero. En el dibujo original y vigoroso en que luego trazó Víctor Hugo como empresa sublime el suplicio final, inscribió este emblema de su vida y de su muerte: Pro Christo sicut Christus.
John Brown es el único responsable de ese suceso para la posteridad, tanto en lo que tuvo de bueno y de malo, de heroico y de reprensible: él solo concibió el plan, y solo dispuso su ejecución. A pesar de sus relaciones personales con los abolicionistas de Nueva Inglaterra, que apreciaban en su justo valor su entereza y energía y le facilitaron auxilios pecuniarios, la obra fué de él exclusivamente, y la puso en planta como arrastrado por fuerza irresistible, como resultante final de todos los actos é impulsos de su vida. Nadie sabía cabalmente los detalles; algunos de los que en parte llegaron á conocerlos al través de sus místicas é incompletas revelaciones, adivinaron su insensata, irrealizable naturaleza; pero era imposible contenerlo, tenía fatalmente que marchar hacia donde lo llevaban su ilusión y su extravío.
La conmoción en los estados del Sur indicó cuan certeramente fué el golpe dirigido al punto vulnerable, y aunque casi á un tiempo mismo circularon las noticias de la tentativa y de su fracaso, el susto enardeció la indignación; los que desesperadamente luchaban por conservar su antigua supremacía en el gobierno general no habían de sentir pronto calmada la cólera producida por el repentino ataque tan derechamente encaminado al corazón, á la entraña esencial de su organismo y su poder. Al reunirse el 5 de Diciembre el Congreso, tres días después de la ejecución de Brown, parecía flotar sobre el Senado como una sombra negra el trágico episodio de Harper's Ferry; á los pocos minutos de abierta la primera sesión pidió el senador de Virginia, Mason, que una comisión especial investigara minuciosamente lo ocurrido y propusiese cuanto juzgase necesario para evitar su repetición; la comisión, que sin tardanza puso manos á la obra, constaba de tres individuos de la mayoría y dos de la oposición republicana, descollando entre los primeros Jefferson Davis, jefe parlamentario del ala extrema esclavista, como lo sería después de la Confederación del Sur.
Entretanto Buchanan, en quien la medianía del espíritu no consentía el grado de imparcialidad que su alta posición requería, creyó oportuno vituperar desde luego en su Mensaje anual "á los que predicaban doctrinas abstractas", y con dudosa benevolencia advertirles que "no debía sorprenderles que sus exaltados secuaces fuesen un poco más lejos que ellos mismos y tratasen de llevar á la práctica por medio de la violencia sus doctrinas". Con estas palabras echaba nuevo combustible sobre una hoguera, que por sí tenía sobrados elementos para crecer y extenderse.
Al cabo de más de seis semanas de estudios, investigaciones y examen de testigos, presentó Mason su informe en nombre de la mayoría; tan extenso era que él mismo renunció motu proprio su derecho de leer el manuscrito, reduciéndose á citar los párrafos finales, en realidad los que hoy nos importan, pues de los antecedentes del suceso sabemos por revelaciones posteriores cosas que la Comisión no logró averiguar y mucho se hubiera alegrado de conocer[38]. Insiste Mason en esos párrafos con no encubierta fruición en la desastrosa suerte que cupo á cuántos tomaron parte activa en el atentado, para decir que de las veintidós personas que según Brown componían su partida "siete fueron ejecutadas, diez murieron dentro del Arsenal, y como de las cinco restantes cuatro se habían quedado del lado de Maryland custodiando armas, sólo una en definitiva hay cuyo paradero se ignore y la manera como logró escapar".
Respecto al encargo principal, fiado á la Comisión, de excogitar los medios de evitar en lo futuro esas agresiones, responden en tono amargo los informantes que nada pueden proponer, y que si los demás estados "no consideran de su incumbencia, por razones de política general, ó simplemente por el deseo de preservar la Unión, prevenir ocurrencias de ese género, la Comisión no acierta á descubrir ninguna otra garantía de mantener la paz entre los estados de la federación". Sombría y formidable reflexión, que no era vana amenaza en la mente de los que la proferían el 15 de Junio de 1860, cifra demasiado exacta de la temperatura política, no sólo del Senado, del país entero. Unos y otros, demócratas y republicanos, esclavistas y antiesclavistas, se aprestaban para la crisis por tantos anuncios indicada, y no rebajaban, antes al contrario exageraban sus respectivas pretensiones. Toda veleidad de acuerdo ó transacción había desaparecido, en el Sur principalmente, que aspiraba ya á obtener del Congreso códigos para reglamentar la esclavitud en los territorios, dando así por resuelta la cuestión que para sus adversarios era litigiosa todavía. Iba el Sur aun más lejos y voces imprudentes pedían la trata de África, la importación legal de negros esclavos. En el Norte la resistencia se acentuaba, se esparcían las ideas agresivas de los abolicionistas, se exaltaba la memoria de John Brown, se repetía con Seward que el conflicto entre los dos elementos era irreprimible, era incontenible.
En efecto, las dos mitades de la república eran ya como dos máquinas potentes partidas de extremos opuestos de la misma línea y en acelerado movimiento. El choque inevitable no era ya cuestión de años sino de meses.