CAPÍTULO XI.
Campaña de 1860 Lincoln presidente de los Estados Unidos.

Cuando en Junio de 1860 presentaron su amargo informe los tres senadores demócratas, más de medio año los separaba ya del asalto de Harper's Ferry; el atentado y la muerte de Brown y sus compañeros habían perdido la novedad del interés, y en el rápido sucederse de cosas extraordinarias en ese período eran ya episodios de una historia lejana, que á jueces más desapasionados, no á políticos militantes, tocaba juzgar. La ansiedad general iba ahora tras peripecias más violentas todavía, que cambiaban la escena y transformaban la posición de los personajes con desusada prontitud. Ya el partido republicano lleno de redoblado vigor había celebrado su Convención en Chicago y escogido candidatos para la campaña presidencial de Noviembre. Ya el temido cisma del absorbente partido demócrata había estallado en la Convención de Charleston, dividiéndolo en dos fracciones irreconciliables con tendencias y programas absolutamente diferentes.

El malhadado empeño de introducir la esclavitud en Kansas y crear nuevos estados con intereses que los atasen á la suerte de los que ya penaban bajo esa perniciosa institución, designio que desde sus albores en 1854 había desencadenado tempestades, borrado linderos de los partidos, confundido inmediatamente y de muy diversa manera congregado después los ciudadanos en el ejercicio de sus derechos electorales, creado en fin una oposición robusta dotada de espíritu indomable é intentos bien definidos,—se había vuelto ya contra los imprudentes que lo idearon, lo formularon y pusieron en marcha. El plan por Douglas, si no creado, ampliado y defendido, de considerar la esclavitud como problema meramente local que resolverían por sí solos los habitantes de cada territorio, quedó desarticulado y sin eficacia al decidir la mayoría de los colonos en Kansas que no les servía, que no lo querían. Entonces los políticos del Sur abandonaron la enseña del senador de Illinois, renegaron de su sistema, echándolo á un lado como arma sin filo ú objeto baldío, y quedó el antiguo adalid rodeado únicamente de amigos personales, mal mirado por los que habían creído en él como signo de victoria y ya no sentían respeto ó simpatía ni por su persona ni por sus ideas.

Las doctrinas expresadas en el fallo del Tribunal supremo satisfacían ampliamente á esos políticos, la adhesión firme del Presidente de la república los llenaba de confianza, y juzgando que apoyos tan robustos en la apariencia valían mucho más que una teoría controvertible y gastada, dedicaron sus fuerzas á aprovecharlos hábilmente y buscar para la próxima campaña un candidato, que á la blandura y buena voluntad de Buchanan añadiese más pericia y más constancia, que fuese más entero, menos sensible al miedo. Una vez Presidente el candidato dotado de esas cualidades sobraría espacio, no sólo en Kansas ó Nebraska, sino en Cuba, Méjico, la América central, para propagar la esclavitud y levantar nuevos estados comprometidos á mantenerla. La demencia y la ambición se unían y corrían disparadas al abismo.

No era, pues, susceptible de acomodamiento la ruptura entre Douglas y Buchanan y quedaron uno enfrente del otro, á pesar de aproximarse las elecciones, como enemigos declarados. Douglas contaba siempre con la mayor parte de los demócratas, y estaba seguro de ser por lo menos candidato; pero su posición en el partido era más delicada que la de Buchanan; éste no aspiraba á la reelección, desde mucho antes había ofrecido no solicitarla, y sus amigos, al ir en busca de manos menos débiles é inexpertas á quienes confiar la suerte de la causa en tan apremiante situación, se hallaban libres del temor de ofenderlo y contaban tranquilos con el auxilio de la influencia oficial ejercida por la Presidencia y por el mundo de empleados repartidos en todos los estados.

Cuando los delegados del partido, parciales de Douglas y seguidores de Buchanan, se reunieron en Charleston, entonces como ahora política y mercantilmente la ciudad más importante del batallador estado de la Carolina del Sur, la discordia vino con ellos. No pudo haberse escogido más adecuado lugar para iniciar la obra destructora, para comenzar la guerra sin cuartel de votos y programas dentro del partido, que la ciudad misma donde principiaría menos de un año después la verdadera guerra de sangre y fuego, donde resonarían los primeros cañonazos que hicieron arriar la bandera nacional en el fuerte Sumter y rompieron los diques á la inundación.

No estuvo Douglas presente en la Convención de Charleston, ni se estila que asistan los candidatos de antemano designados, pero sus admiradores y amigos componían más de la mitad del número total de los delegados. Necesitábanse dos terceras partes para formar mayoría, antes de tratar y resolver la cuestión de personas era preciso ocuparse en redactar y aprobar el programa, la "plataforma", y era lo espinoso de la empresa. Sobre ello se empeñó la batalla, y se elevó la barrera insuperable que de un partido compacto hizo dos facciones contrapuestas. Una comisión de treinta y dos miembros, uno por cada estado, fué el campo de Agramante, y al cabo de ardorosas discusiones, en que sólo pudieron acordar puntos secundarios (uno de ellos la adquisición de Cuba), volvió el grupo dividido en dos, trayendo escritos dos programas radicalmente diferentes, imposibles de confundirse para formar el documento único que se le pedía. Los quince estados del Sur con dos más del Norte redactaron y votaron un texto, en que afirmaban doctrinas sobre la superior inmunidad de la esclavitud como institución política y social, á que ni al Congreso ni á las asambleas locales era lícito tocar, salvo para protegerla y para ayudarla á extenderse en los Territorios, sin trabas de ninguna especie. La minoría, compuesta de los restantes quince estados, todos del Norte, se redujo á enunciar nuevamente las resoluciones del programa de 1856 en Cincinnati, agregando que las divergencias de opinión existentes dentro del partido respecto á las facultades del Congreso ó las asambleas territoriales sobre la esclavitud eran problemas de derecho constitucional, cuya solución únicamente correspondía al Tribunal Supremo; y á su fallo se sometían.

La diferencia entre ambos programas es muy marcada, aunque la minoría se empeñó en aminorarla y disfrazarla; y resaltó más todavía en los discursos que de uno y otro lado escuchó la Convención. Fué ésta, no cabe duda, la vez primera que el choque de las dos fracciones del partido defensor de la esclavitud desgarró los velos, hizo surgir la verdad desnuda y repercutir, por fin, dentro de los muros de la Convención el eco sonoro de las opiniones realmente abrigadas por los estados sudistas. La adusta verdad penetró en aquel recinto y, al atravesarlo un instante en lento y ominoso vuelo, fué saludada en las galerías por los aplausos del pueblo, que muy pronto iba á sacrificar por ella sus vidas y haciendas; así fué sobre todo cuando Yancey, uno de los delegados de Alabama, á cuya voz parecían los demás obedecer, expuso francamente, sin exaltación apasionada, con la serena firmeza del mandatario fiel que recita las últimas y bien meditadas instrucciones de su mandante, que todos los males y desmedros hasta esa fecha sufridos nacían de la menguada defensa de la esclavitud, formulada por miembros prominentes del partido, al admitir que la institución era vituperable en su esencia y merecía respeto, sólo en virtud de derechos adquiridos, sólo en gracia de la protección constitucional. No, su legitimidad absoluta debía declararse superior á toda discusión, porque ella era un beneficio tan indisputable para el blanco como para el negro, los esclavos una propiedad tan perfecta y sacrosanta como otra cualquiera y atentar contra ella no debía jamás impunemente consentirse.

Sea cual fuere el juicio que en nombre de los derechos humanos, de la moral social, de la ciencia económica, se pronuncie sobre la esclavitud, y es claro hoy que sólo puede ser la más abrumante condenación, inapelablemente confirmada por los resultados mismos, por las prodigiosas ventajas de la abolición en las regiones donde existía, no sería sin embargo equitativo desconocer lo que hubo de viril y grandioso en la conducta de los que en Charleston proclamaron la resolución de mantener en lid abierta sus opiniones é ir con ellas á sus últimas y temibles consecuencias, destruyendo el partido, destruyendo la Unión, si no había otro remedio, pero siempre á costa de su sangre y de cuanto poseían sobre la tierra.