No fué, por tanto, esa Convención como las anteriores torneo de guerreros disimulados, en que las intenciones se escondían detrás de palabras escogidas de propósito con ese objeto. Si los amigos de Douglas, temerosos de desquiciar la fábrica política, reincidieron en el antiguo y estéril error de tratar como detalle secundario la cuestión esencial, y buscar fórmulas artificiosas para decir poco y conservar en apariencia unidas las más opuestas interpretaciones, los que por boca del sagaz y elocuente Yancey pregonaron el reto á muerte y descubrieron sus pechos, fueron hombres animosos cuyas ideas miserablemente torcidas pueden merecer indignado vituperio, pero cuyo tranquilo valor arranca respetuosa admiración[39].

Declarada y afirmada la discordia en tan concluyentes términos, no había más camino que suspender las sesiones é ir á reunirse en otra parte. La fracción más violenta fué á Richmond á dar sus votos á John G. Breckenridge, de Kentucky. El resto en Baltimore eligió casi unánimemente á Douglas. Así fué á caer, por fin, sobre los hombros del ambicioso senador de Illinois la blanca vestidura oficial de pretendiente tan deseada y esperada, pero vino en circunstancias bien duras y bien tristes, cuando el éxito era improbable, cuando faltaba apenas un año para que inopinada y prematuramente viniese la muerte á poner término á su carrera, sin haber logrado el premio de sus servicios, de su indomable energía.

Antes de que el fraccionado partido demócrata hubiese completado ese laborioso malparto, se había celebrado en la ciudad de Chicago la Convención de los republicanos; la cabal armonía y el entusiasmo de sus acuerdos auguraban el triunfo futuro.

Situada á orillas del lago de Michigan, uno de esos vastos receptáculos que son otros tantos mares interiores de la frontera septentrional de los Estados Unidos, al borde de una inmensa pradera que por cientos y cientos de millas extiende su fértil suelo en la dirección del sudoeste, contaba entonces Chicago unos ciento doce mil habitantes y era la ciudad más poblada de Illinois, del estado en que había tenido lugar el célebre duelo oratorio entre Lincoln y Douglas, sus dos más distinguidos ciudadanos. Para albergar la Convención fabricaron en pocos días un edificio de barro y madera, capaz de contener los seiscientos delegados y una cuarta parte siquiera de las treinta y tantas mil personas que habían venido, escoltándolos, á solemnizar con su presencia ese crítico momento de la historia de la nación. Diéronle el nombre indio de Wigwam, que representa vestido á la inglesa el que los nómades Algonquines usaban en su dialecto para designar las chozas puntiagudas de ramas y corteza de árbol, donde temporalmente se abrigaban en la época de sus correrías.

No tropezó con dificultad alguna esta Convención para redactar su plataforma; seis años de lucha perenne, de incesantes acometidas contra las doctrinas disolventes de sus adversarios, habían fijado inalterablemente los principios en que el partido fundaba su acción y la libre cooperación de sus adherentes. Lo esencial era proscribir, como peligrosa heregía política, el flamante dogma que suponía á la Constitución llevando á los Territorios por su propia naturaleza la sanción de la esclavitud, y afirmar por el contrario que la condición normal de todo Territorio era la libertad de sus pobladores, y que ni Congreso ni asamblea particular ni persona alguna pública ó privada tenía el derecho ó la facultad de comunicar carácter legal á la anómala institución donde previamente no existiese[40].

Estas ideas llenaban desde años antes la atmósfera política en los estados del Norte, y los millones de individuos que las habían respirado renovando en tanto tiempo su modo de ser y su conciencia respondieron con ansiosa simpatía al programa, que las condensaba y formulaba para facilitar la lucha y el triunfo definitivo. Si la Convención lograba asimismo resolver atinadamente la cuestión de personas, más importante que nunca esa vez, designando el candidato idóneo para personificar tales ideas y despertar la fe y confianza indispensables, era infalible que surgiría en el Norte un movimiento impetuoso hacia las urnas suficiente á asegurar la victoria en todo el país.

¿Quién sería ese candidato?—Entre los nombres que se oían repetir, uno había que sobre todos descollaba por la grande y extendida reputación, los eminentes servicios á la causa de la libertad, la importancia del estado de que era ciudadano y lo proponía; el de Seward, antiguo gobernador de New-York y durante doce años el más hábil y elocuente de los miembros republicanos del Senado. La delegación neoyorquina, la más numerosa, pues representaba el estado más poblado, fué á la Convención con instrucciones de nombrarlo, y hasta el último escrutinio emitió por él los sesenta votos que le correspondían: "Venimos de un gran estado y traemos un grande hombre de estado", dijo Evarts, jefe de la delegación. No podía á juicio de muchos confiarse la causa antiesclavista á manos más hábiles que las del hombre que, sosteniendo desde el año de 1850 la admisión de California como estado sin esclavos, había afirmado en los debates del Senado que "una ley más alta" que la Constitución misma ordenaba respetar en los Territorios los intereses superiores de la justicia y la libertad; y que desde entonces, vigilante centinela, había permanecido á pie firme en la avanzada trinchera, cerrando el paso y esgrimiendo las armas contra los diversos proyectos, que se habían ido sucediendo por espacio de siete años y bajo el amparo de dos Presidentes, con objeto de entronizar la esclavitud en tierras, que según otra frase de Seward en la misma ocasión ya aludida[41], eran parte del patrimonio común de la humanidad, sobre el cual no tenía la nación facultades arbitrarias ó ilimitadas. Pero estaba Seward dentro del partido en situación muy parecida á la de Douglas en el suyo durante la Convención de 1856; la brillante y larga vida pública lo había puesto demasiado en evidencia, le había acarreado enemistades, lo había á menudo forzado á sostener soluciones radicales de opositor inconciliable, circunstancias todas que quitaban probabilidades de buen éxito á su candidatura. El partido era, además, muy nuevo todavía, se componía de miembros venidos de contrarias direcciones, y deseaba conservar el equilibrio de sus dos alas no tomando en ellas el candidato, ni Seward que pasaba por excesivamente radical, ni Chase, de Ohio, futuro gran ministro de hacienda durante la guerra, que entonces, por haber figurado antes entre los demócratas, era tenido por más tibio ó moderado de lo que la ocasión exigía.

El primer escrutinio suele ser en esas asambleas un acto de puro cumplimiento, y así se le llama y considera. Cada estado mienta generalmente al más ilustre ó al predilecto entre sus hijos; entona en su loor breve panegírico y le da sus votos. Como muchos estados hacen lo mismo, es claro que no puede haber resultado definitivo, y esta vez del modo que Nueva York votó por Seward, votaron Ohio y Pensilvania por Chase y por Cameron, Missouri por Bates, Illinois por Lincoln, por el mismo estilo varios otros. A ocasiones sucede también en contiendas muy reñidas que ni siquiera se oye en las primeras votaciones el nombre del que ha de ser finalmente elegido, como por ejemplo en la Convención de 1852. Pierce fué designado en ella al cabo de cuarenta y nueve pruebas infructuosas, y en muchas no había tenido un solo voto. Esta vez aparecieron pronto los dos competidores entre quienes se concentraba la lucha: Seward 173 votos, Lincoln 102; y se preveía que á uno de los dos estaba reservado el premio, y que no surgiría á última hora lo que en el lenguaje técnico de esos juegos olímpicos de la política llaman "un caballo negro", un competidor no mencionado todavía, que todos los delegados acaban por aceptar cansados de luchar en balde por sus favoritos.

Abraham Lincoln, que desde la interesante campaña senatorial, en que Douglas lo venció con tanto trabajo, había alcanzado extensa notoriedad, disfrutaba de reputación muy inferior á la de Seward; no había desempeñado como éste cargos de trascendental importancia, pues sólo fué por un bienio miembro de la Cámara en Washington, honor que no traía aparejado gran prestigio, y en el que tampoco dijo nada muy notable; no había sido ni Gobernador de estado ni senador federal, cargos los más altos de la república después del de Presidente, y aun á veces á este último preferido. Era en resumidas cuentas, por lo que extrínsecamente aparecía, un oscuro abogado de pocas letras, que en la práctica ordinaria de las remotas regiones de su residencia había tenido más oportunidades de ejercer la fuerza muscular que el saber, y que, al rezar de la leyenda, había pasado rajando leña en la frontera salvaje la época de la vida que otros emplean en colegios y universidades. Aquellos entre los delegados que esto sabían, naturalmente extrañaban que pudiese alguien preferirlo á estadista de tanto mérito y nombradía como Seward; pero gran parte del pueblo americano, obedeciendo á instinto más certero y profundamente nacional, no sólo simpatizaba con el carácter y antecedentes del abogado de Illinois, sino que adivinaba muy bien detrás de la ruda y vulgar corteza de ese tronco, robustamente desarrollado en las tierras vírgenes del occidente, el rico y generoso corazón y la vivificante savia que por él circulaba.

No había vivido Lincoln ni inerte ni olvidado en los dos años que entre la campaña senatorial y la fecha de la Convención pasaron; en 1859 fué al estado de Ohio, que celebraba elección de gobernador, y pronunció discursos que ayudaron eficazmente al triunfo del partido, y se leyeron en otras partes con sumo interés. A principios de 1860 fué invitado á hablar en Nueva York, la gran metrópoli comercial, ante un auditorio numeroso de prohombres del nuevo partido ganosos de conocerlo, y en su discurso, muy extenso y muy notable, que afianzó su creciente reputación, demostró que nadie se daba cuenta más cabalmente que él y exponía mejor, sin declamaciones ni invectivas, con cierta curiosa mezcla de gravedad y buen humor, de las opuestas tendencias, del inextricable nudo que obstruía el desarrollo armónico de la unión de los estados, así como de la manera más rápida y segura de llegar á desenlazarlo sin romperlo violentamente. No era, pues, su candidatura expediente á última hora imaginado para resolver la situación y derrotar á Seward; la fuerza latente que traía y pronto se desenvolvió podía sorprender á una parte de la Convención, pero estaba por otros muy prevista y preparada. Lincoln mismo, avezado como el que más á manejos y combinaciones electorales, á las mil y una habilidades, tratos ocultos, agasajos y cambalaches con que detrás de bastidores se organiza esa especie de comedias políticas, para ensayarla primero en las Convenciones, y representarla después al aire libre en infinito número de teatros, no desperdició medio alguno de asegurar el éxito popular, confeccionando de antemano cuanto requería la tramoya escénica para desencadenar el torbellino de entusiasmo que llevó al voto unánime los delegados en medio de frenéticas aclamaciones[42]. No hubo más que tres escrutinios, al tercero los votos se precipitaron, como una avalancha, en favor de Lincoln; el representante mismo de Seward, Evarts, pidió la declaratoria de unanimidad, é instantáneamente comenzó la famosa campaña cuyo decisivo resultado marca la era nueva, el primer momento de la nueva vida de los Estados Unidos.