Seward quedó vencido, el desaire vivamente le dolió, y no contribuía á restañar la herida la comparación de su admirable hoja de servicios repleta de honores en buena lid conquistados, de acciones memorables en treinta años de campañas, con la fungosa reputación del rival afortunado, nacida casi de improviso en un encuentro local dos años antes, en el que ni siquiera resultó vencedor, sin que ni entonces ni luego tuviese ocasión de adquirir la práctica de los negocios públicos, el usus rerum tan necesario para desempeñar el primer puesto de una gran nación, tan indispensable en aquel período en que se adivinaban trastornos profundos, alteraciones nunca vistas en la organización y marcha ulterior de la república. Disimuló el despecho, que sin embargo fué muy grande aunque magnánimamente comprimido, como dice su amigo y panegirista Ch. F. Adams[43], y se puso al servicio del partido otra vez con leal energía, resignado al triste privilegio de ser nuevo ejemplo de la conocida ingratitud de las repúblicas. Corrió la misma suerte que Henry Clay, Daniel Webster, tantos otros. Las repúblicas, que á veces se enamoran hasta el frenesí de héroes militares y glorias escandalosas, á menudo abandonan y rechazan sin piedad á los que por largo tiempo les han prestado con menos ruido y más talento servicios eminentes.
Hubo en campaña cuatro distintas candidaturas presidenciales: las dos ya mencionadas de Douglas y de Breckenridge, sostenidas por las fracciones opuestas del partido demócrata; la de Lincoln apoyada por los republicanos; y la cuarta, de Bell, ciudadano del estado de Tennessee, obra de la asociación independiente que en 1856 sostuvo á Fillmore, y que dejando á un lado la cuestión especial de la esclavitud pretendía afirmar únicamente el mantenimiento de la unión constitucional y convocar bajo esa bandera todo el país.
Por esa causa fué la lucha durante los primeros meses más desordenada y confusa de lo que era de esperarse, dada la completa y larga discusión de ideas que precedió, pero como en el fondo se trataba de la conservación ó el desmembramiento de la patria, y de ello más ó menos vagamente todos se daban cuenta, muchos se hubieran contentado (y así suele suceder en situaciones tan penosamente críticas) con aplazar la catástrofe, si evitarla no era posible. Los votos, por esta razón, se repartieron entre todos, aunque en muy desiguales proporciones. El duelo en realidad tenía lugar entre Lincoln y Breckenridge, entre republicanos resueltos á contener, limitar y, al cabo, suprimir la esclavitud, y demócratas decididos á aventurarlo todo, incluso la unidad nacional, por la perpetua continuación y el engrandecimiento de esa misma institución; pero muchos, sin desconocer la terrible disyuntiva, querían engañarse, cerrar los ojos, no ver más allá del horizonte inmediato de la lucha de palabras, no oir el ruido de guerra que detrás de ellas fatalmente retumbaba. El recurso era demasiado vano, la esperanza demasiado falaz; mas el recuerdo de lo pasado contribuía á robustecer el uno, alimentar la otra. ¡Había navegado tanto tiempo la patria entre los mismos amenazantes escollos, había sufrido tantas veces sin zozobrar la misma tempestad, era en fin tan duro renunciar á la ilusión de que algo á última hora acontecería que aquietase como iris de bonanza los elementos enfurecidos y alejase el desastre!
Desde una sala del Capitolio de Springfield, donde plantó sus reales durante la campaña, vigilaba Lincoln la marcha ascendente de su candidatura y su fortuna, pues, al contrario de Douglas y de Breckenridge, se abstuvo de tomar parte directa en los episodios del combate, de recorrer el país y excitar, con ardorosos discursos, el entusiasmo de sus partidarios. Ya en Octubre se acumulaban signos anunciadores de victoria, los estados del Norte redoblaban llenos de confianza sus esfuerzos, mientras que los del Sur, especialmente los que ocupaban la vasta faja de tierra desde las costas de las dos Carolinas en el Atlántico hasta las orillas del río Grande, que corre entre Tejas y Méjico, sentían aproximarse la hora sombría de las resoluciones supremas, el instante tremendo de dar por terminada la lucha de programas y de votos y comentar silenciosamente los preparativos de otra especie de guerra; ó de inclinar humildemente la frente, resignarse á los términos imperiosos del vencedor y reunir lo que fuese aun posible salvar del arruinado edificio de su poder.
El punto inicial de la gran rebelión americana, ha dicho un escritor, es el 5 de Octubre de 1860[44], día en que el gobernador de la Carolina del Sur dirigió una circular secreta á varios colegas de otros estados, preguntando lo que harían si triunfaban los partidarios de Lincoln para el colegio electoral, y afirmando que la Carolina se adheriría al primer estado que diese la señal de separación, que la daría ella misma si se le ofrecía seguirla. Las respuestas, que vinieron lentamente, no fueron todas tan explícitas como el interrogante las deseaba, aunque ninguna repulsaba la atrevida sugestión, pero por ese camino la Carolina siempre había marchado más pronto y más lejos que los demás. Faltaba entonces un mes para el día de la elección popular, cinco para el cambio de gobierno en la capital de la república.
Votaron por Lincoln todos los estados sin esclavos, menos parte de uno; eran diez y ocho, que hacían ciento ochenta votos electorales, es decir, la mitad y cincuenta y siete más, lo que aseguraba ampliamente su elección. Sumados los números resulta que de cuatro y medio millones de sufragios obtuvo Lincoln cerca de dos, Douglas cerca de uno, y más de medio millón cada uno de los otros dos, Bell y Breckenridge. Esas cifras, sin embargo, daban á Douglas en el colegio electoral doce votos solamente, mientras que los dos competidores con menos sufragios en el escrutinio popular reunían en el colegio setenta y un votos el uno y treinta y nueve el otro, pues se contaban, como es sabido, no en masa, sino por estados.
El triunfo de Lincoln fué por tanto relativo, cual lo había sido el de Buchanan cuatro años antes, pero como las posiciones eran contrarias producía en la marcha del país un cambio radical, arrastraba forzosamente las tan temidas, tan anunciadas trascendentales consecuencias.
La historia de la república emprendía distinto derrotero, el largo encadenamiento de los sucesos iniciaba una nueva serie de eslabones: magnus nascitur ordo.