JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLERO
I
Ningún nombre llegó á tener en la isla de Cuba, antes del período de guerras libertadoras que comienza en 1868, tan gloriosa resonancia, de un extremo al otro del país, como el de José de la Luz; todavía hoy, á pesar de que el ciclo de acción y de lucha que comienza en ese año fatídico ha producido otras reputaciones acaso más brillantes, no se ha deslustrado la corona en torno de su frente, nadie ha olvidado al filósofo, al maestro, al educador de esas generaciones que supieron luego desplegar tanta energía y tanta constancia en la dura, desigual contienda contra la nación opresora.
La historia de su vida, desnuda como se halla de incidentes extraordinarios, es el cuadro donde mejor resaltan sus virtudes y servicios eminentes á la patria, porque el hombre valía mucho más de lo que pueden significar las obras reducidas ó incompletas que de él nos han quedado, porque fué en su tiempo para la isla de Cuba el hombre superior, "el grande hombre, causa de muchas filosofías", para aplicarle palabras de Federico Nietzsche.
II
En el año último del siglo XVIII, 11 de Julio de 1800, nació José Cipriano de la Luz en la Habana, en la antigua casa solariega que ya entonces daba nombre á la calle donde estaba. La calle se llama siempre de Luz, pero en el solar se eleva una vasta hostería, que ocupa toda la manzana de casas é incluye el terreno del antiguo Teatro Principal, en aquella época el más importante de la ciudad, derribado por el ciclón terrible de 1846. Fué su madre doña Manuela Caballero, mujer de grandes virtudes, cuya memoria quedó indeleblemente impresa en su alma desde muy temprano como insuperable modelo de la práctica constante y austera del deber más estricto, y de ella probablemente heredó la lucidez de la inteligencia y el puro vigor de su carácter. El público cubano, para distinguirlo de otros del mismo nombre, le agregó siempre el apellido materno, aunque él hasta el fin firmó solamente con el de su padre.
Corrió tranquila su niñez educado por eclesiásticos instruídos, y por algún tiempo acarició el proyecto de entrar en el sacerdocio, siguiendo el ejemplo de su tío carnal el P. Agustín Caballero y otros miembros de la familia; idea que no abandonó tan pronto, pues al graduarse de bachiller en jurisprudencia, ya de veinte años de edad, vestía aun hábitos religiosos conforme á las órdenes menores que tenía recibidas.