Pero en un país cuyos habitantes formaban dos clases opuestas, libres y esclavos, negros y blancos, y donde se creía naturalmente indispensable un código terrible de leyes penales y una multitud de costumbres feroces para mantener quietos y anuentes al yugo á los oprimidos, los sacerdotes, como encargados del registro de la población y de los varios detalles prácticos del único culto consentido, tenían que ser instrumentos activos de la perenne iniquidad de que eran víctima esos seres desvalidos. No podía Luz avenirse á ejercer en tales condiciones un ministerio de paz y caridad y al cabo lo renunció, como más adelante renunciaría al ejercicio de la abogacía, convencido de que la organización de los tribunales y la especie de jueces que en ellos se sentaban, venidos de España, sin arraigo en el país y amovibles al capricho de los ministros que entraban y salían tan á menudo por las oficinas de Madrid, no consentían independencia y apenas dignidad profesional en el abogado.
Cuando salió del Seminario Conciliar, más versado en teología que en otros ramos del saber, necesitó completar por su propia cuenta su educación; hizo profundos estudios científicos y literarios, coronados desde principios de 1828 por un viaje de más de tres años por los Estados Unidos, la Gran Bretaña, Francia, Alemania é Italia. Iba de antemano provisto del conocimiento teórico perfecto de los idiomas de esos países, adquirió luego tal dominio del acento, la entonación peculiar con que se hablan en las capitales de cada uno de ellos, que fué siempre causa de maravilla oirle pronunciar tan correctamente lenguas extranjeras. De las antiguas conocía bastante el griego; el latín le era, gracias á su primera educación eclesiástica, casi tan familiar como el castellano.
Al volver á la patria, completada su peregrinación, no tardó en decidir, ante el estado del país, cual debía ser la ocupación de toda su existencia. La educación primaria y secundaria, la instrucción pública en general, se encontraba entonces en el más miserable estado, de todas las necesidades del país la menos atendida, á pesar de la gran prosperidad material que desde principios del siglo había ido lográndose.
Cuba no era ya la poco importante factoría, el simple punto de escala de las escuadras ó convoyes que iban y venían de Méjico y el mar Caribe. Todos los desastres sufridos por las metrópolis europeas en América, por la Gran Bretaña lo mismo que por España y Francia; es decir, la fundación do los Estados Unidos, el alzamiento de los negros en Santo Domingo, el ingreso de la Luisiana y la Florida en la nueva república angloamericana, la derrota final de la dominación española en el continente desde San Francisco hasta el estrecho de Magallanes, fueron para Cuba como un beneficio particular, que contribuyó poderosamente á aumentar su población, desarrollar su agricultura y su comercio. Apenas fueron suprimidas las trabas absurdas é inicuas que le prohibían todo género de relaciones mercantiles con las regiones vecinas, la que había vegetado pobre y abandonada como una pordiosera al lado de sus opulentas hermanas, Méjico, Guatemala, Venezuela, Nueva Granada; la que con gran dificultad y sólo gracias al socorro que de Méjico le mandaban podía equilibrar sus gastos y sus ingresos, vió en muy poco tiempo tiempo duplicada y triplicada la cifra de sus habitantes, aumentado su tesoro hasta el punto de no requerir más limosna de nadie, de satisfacer ampliamente ella sola sus cargas y poder pronto atender á las llamadas "necesidades de la Península", remitiendo á Madrid desde 1827 un millón anual de pesos fuertes, que penetró en el presupuesto español bajo el título de "sobrante de Ultramar". Ese millón estaba también destinado á crecer rápidamente, y en 1861 mandaba Cuba á España más de cinco millones de pesos anuales en efectivo, amén de muchas otras partidas especiales que nada tenían que ver con los intereses de la isla, como el déficit del presupuesto de la colonia africana de Fernando Poo, ó la abortada reconquista de Santo Domingo, cuyos gastos se liquidaban en la Habana[45].
Ninguna parte de las sumas producidas por la isla se invertía en favorecer la instrucción pública. Los conventos de frailes y de monjas eran los encargados oficiales de repartirla, y sus escuelas mal instaladas vivían lánguidamente, sin estímulo, sin ser por nadie vigiladas, dedicadas sobre todo á enseñar á rezar. El Ayuntamiento, sin iniciativa, con recursos escasísimos, sin facultades ni aun en asuntos locales, se reducía á pagar una mezquina anualidad de ocho mil pesos á la Sección de educación de la Sociedad Patriótica, como se llamaba primero, ó Sociedad Económica, como dispuso la suspicacia de las autoridades que debía titularse, asociación puramente privada que, por medio de las cuotas de sus miembros y auxilios buenamente conseguidos entre los amigos, sostenía escuelas gratuitas y luchaba sin cesar por extender su influencia educadora más allá del recinto de la capital. Luz fué desde luego miembro de la Sociedad, después durante nueve años su director, y prestó en el puesto grandes servicios á la instrucción pública.
Dió á luz en 1833 un libro para servir de texto en clases primarias de lectura, con objeto de propagar el método explicativo en las escuelas, y desterrar el absurdo sistema de forzar la memoria con perjuicio del armónico desarrollo intelectual, de hacer á los alumnos repetir de coro palabras y frases de cuya significación no tenían la menor idea. Al año siguiente redactó el informe sobre la creación de un Instituto cubano ó escuela práctica de ciencias y lenguas vivas, proyecto muy estudiado y detallado, de que más adelante trataré, y cuya realización hubiera llenado mucho mejor y mucho más temprano el vacío que incompletamente ocupó la Real Universidad Literaria, establecida en 1842. Sucedía ésta á la que con el nombre de Pontificia había estado exclusivamente en poder de los Frailes Predicadores, en cuyas inhábiles manos vegetaba como institución de la Edad media en beneficio de preocupaciones anticuadas. El instituto proyectado y descrito minuciosamente por Luz hubiera, sin duda, sido menos literario de lo que fué la Universidad de la Habana, organizada para formar únicamente médicos, abogados ó farmacéuticos; hubiera adquirido muy distinta eficacia práctica y dotado al país de ingenieros, navegantes, químicos, arquitectos, librándolo de la triste necesidad de traerlos del extranjero, como era preciso hacer para sus minas y ferrocarriles, para las diversas atenciones de su agricultura y su incipiente industria.
En seguida se encargó temporalmente de la dirección de un colegio ya establecido[46], luego abrió clases privadas en su casa, hasta que obtuvo autorización de profesar públicamente filosofía, é inauguró un curso libre en el edificio del extinguido convento de San Francisco, curso que duró hasta 1843. Estos trabajos, emprendidos por amor de la enseñanza, no acompañados por idea alguna de lucro, pues la posición de fortuna de su familia lo mantenía libre de ese cuidado, eran para él la más agradable ocupación, pero le acarrearon disgustos. Publicaba programas muy detallados de las materias filosóficas que enseñaba, con ocasión de los exámenes públicos en que mostraba los adelantos de sus alumnos, y originóse de esos programas una polémica ardiente en los periódicos con futuros profesores de la Universidad, ya próxima á establecerse, á propósito de las doctrinas del entonces celebérrimo profesor francés Victor Cousin, sobre cuyas contradicciones y superficialidad formulaba Luz juicio tan severo como exacto y profundo. En otras controversias apasionadas se vió envuelto por la misma época sobre asuntos de interés público relacionados con el primer ferrocarril establecido en la isla por el patriotismo de sus habitantes desde 1837, sin auxilio de la metrópoli, donde no los hubo sino en fecha posterior. A consecuencia de tales luchas, de los desabrimientos personales que le trajeron, de la exaltación á que á veces lo arrastraba el ardor de sus convicciones, cayó víctima de una afección del sistema nervioso, y se vió forzado á suspender todo trabajo y embarcarse para Europa.
En una casa de salud de París vivía á mediados de 1844, al cuidado de un facultativo sobrino del famoso doctor Pinel, cuando le llegó la noticia inesperada de que un tribunal militar de la Habana lo citaba por edictos como reo ausente de atentado contra la seguridad del estado. Tratábase de una supuesta conspiración de negros esclavos contra sus amos, y los fiscales inmediatamente envolvieron en el sumario á muchas personas respetables, nacidas en el país, con objeto de hacerlas impopulares por el horror que en todos despertaba el recuerdo de lo que había pasado en Santo Domingo, y sin más pretexto que el considerar las hostiles á la trata de África, que tan descarada como ilegalmente se practicaba todavía en la isla con la sanción tácita de los gobernadores. Sentíase Luz tan inocente de lo que se le achacaba, tan ajeno de toda culpa, que sin vacilar determinó, no importándole las consecuencias, volver á la Habana y responder personalmente al llamamiento; resolución bien aventurada pero bien digna de su intrépido corazón, pues sabía demasiado que el régimen político de la colonia no brindaba garantías de equidad; porque la causa se instruía conforme á los duros é inquisitoriales preceptos de la ley militar, y porque gobernaba la isla en esa fecha más despóticamente que ninguno el general Leopoldo O'Donnell, duque futuro de Tetuán, quizás en todo el universo el hombre de armas que ha ostentado mayor desprecio de la legalidad, en Cuba lo mismo que después en España, y que joven entonces, provisto de omnímodas facultades, no obedecía siquiera al freno de la experiencia ni soportaba la menor contrariedad.