No conocía Luz personalmente á O'Donnell que había tomado posesión de su destino después de su salida: en cambio era muy probable que el nuevo procónsul estuviese fuertemente prevenido contra él, pues uno de sus primeros actos al presidir como Capitán general una sesión de la Sociedad Económica había sido ordenar verbal y ásperamente que la Sociedad borrase del número de sus miembros á un inglés, antiguo cónsul de la Gran Bretaña, David Turnbull, expulsado de la isla como abolicionista. Y precisamente había debido ese animoso extranjero el continuar inscrito á la intervención de Luz que, como Director, aunque ausente á causa de sus males, había propuesto y obtenido por medio de enérgica y elocuente comunicación que la Sociedad anulase el acuerdo de la expulsión de Turnbull, tomado con atropello de artículos terminantes de su reglamento. Cuantos figuraron votando contra la ilegal é innecesaria afrenta dirigida á un hombre que ya no residía en la isla, eran tenidos por el gobierno como partidarios, si no de la abolición de la esclavitud, por lo menos de la supresión sincera del tráfico de negros con África; uno y otro cargo eran igualmente decisivo indicio para los que buscaban cómplices, directos ó indirectos, de la imaginada conspiración.
En Agosto estaba ya de vuelta Luz y en su casa de la Habana. No fué llevado á la cárcel pública merced al notorio mal estado de su salud, que debió no obstante, dejar comprobar por la visita de tres médicos designados por el fiscal[47], y quedó arrestado en sus habitaciones. Al cabo de un año largo de preguntas, repreguntas, confesión con cargos y demás trámites del procedimiento criminal, se mandó reunir el Consejo de guerra; ante él compareció Luz por medio de un militar encargado de su defensa, al que dió como única instrucción la orden de reducirse solamente á pronunciar las siguientes palabras: "Don José de la Luz y Caballero libra su defensa en el mérito de los autos y la justificación del tribunal". Así en efecto lo hizo el oficial escogido, que fué Andrés Foxá, teniente en un cuerpo especial llamado de Voluntarios de Mérito y miembro de una familia distinguida de poetas y literatos nacidos todos en las Antillas.
En Octubre de 1845, á los catorce meses de vuelto á su país, se falló la absolución libre, no de él únicamente sino de las demás personas, ó de su amistad ó del círculo de sus relaciones, que habían sido procesadas al mismo tiempo. Desenlace distinto por fortuna, del que tuvieron los procesos del año anterior, de las numerosas escenas trágicas, las sangrientas hecatombes de negros y mulatos infelices, tanto libres como esclavos, que ordenaron y ejecutaron esas mismas comisiones militares ante el país aterrorizado.
Corrió Luz de todos modos el peligro de sufrir larga prisión preventiva, lo que en su situación podía haberle costado la vida, como sucedió á un respetable letrado amigo suyo, Martínez Serrano, fallecido en el calabozo. Si por dicha evitó esa prueba, tuvo que soportar la humillación de las visitas del fiscal, del miserable Pedro Salazar, condenado más adelante á presidio por sus desmanes y desafueros, que venía una y otra vez á tenderle lazos groseros por medio de preguntas capciosas, dudando insolentemente de su franqueza y de su veracidad.
Mucho mejor, por consiguiente, hubiera sido en interés de su salud comprometida que, desdeñando la absurda acusación, hubiese permanecido en París y no vuelto hasta que todo hubiese estado terminado. Pero un hombre como él, de su categoría moral en el país, no podía proceder así, aunque fuese lo más prudente ó lo más práctico; el apóstol de la verdad y la justicia en aquella pobre tierra víctima de tanta mentira y tanta iniquidad no debía aparecer un solo instante como si tuviese algo que ocultar, como si huyese despavorido de sus jueces, aunque fueran éstos injustos ó venales ó feroces conocidamente.
Su retorno inesperado fué un servicio patriótico, que sirvió no solamente para engrandecer su ya extendida reputación de intachable rectitud, sino para aclarar la situación general, disipando nieblas de propósito acumuladas por la encarnizada persecución; para fijar la opinión pública extraviada por la perversidad de los acusadores[48]; para facilitar en fin la defensa de inocentes que yacían todavía en las prisiones con la garra de los fiscales siempre encima. Esa fué la impresión general al circular la nueva de que, á pesar de sus padecimientos, venía Luz desde Europa á ponerse enfrente de sus acusadores.
La imagen de ese año siniestro de 1844 se destaca en la historia de Cuba y en la memoria de los cubanos como una gran mancha negra en el centro de un lago de sangre. El delito, la explotada conjuración de negros y mulatos contra blancos, si acaso tuvo alguna existencia, fué como idea muy vaga ó proyecto sin comienzo de ejecución, mientras que la represión fué de la más bárbara crueldad, ejecutada contra toda ley y toda razón. Centenares de individuos perecieron, pasados unos por las armas, muertos otros en el suplicio de azotes que se les aplicaba para forzarlos á confesar, prueba del tormento resucitada en virtud de autorización expresa de O'Donnell[49]. Había en la Habana, Matanzas y demás ciudades un cierto número de mulatos libres, ricos y generalmente considerados; casi sin excepción todos fueron encausados, algunos perdieron la vida, ni uno solo salvó su fortuna.
Entre las primeras víctimas se contó el mulato conocido en literatura bajo el nombre de Plácido, que se llamaba Gabriel de la Concepción Valdés, hijo natural de una bailarina española y de un peluquero de color. Conforme á la condición de la madre nació libre, pero su aspecto físico lo hacía de la raza legalmente inferior, y de nada valieron para ayudarlo á salvar esa insalvable barrera las facultades poéticas de que estuvo dotado, el estro poderoso que á ocasiones lo eleva tan alto. Tenía treinta y cinco años cuando lo fusilaron en la ciudad de Matanzas.
Es coincidencia bien extraña que entre los cargos principales que se hicieron á Luz en el proceso, de todos, el más preciso, se funde en una alusión de Plácido[50] en su declaración instructiva, alusión de un todo inexacta, de que Luz ni siquiera dignó defenderse, pues nunca conoció personalmente á Plácido, y cuando él llegó á la Habana hacía ya tiempo que el pobre vate había sido ajusticiado. Pero sobre esa declaración, lo mismo que sobre las demás de los condenados entonces á muerte y sobre otras actuaciones de la causa, pesa y eternamente pesará la sospecha de ser una suplantación infame de los fiscales, que en el secreto del sumario las tomaron y redactaron.