III
Tres años más de reposo y de cuidados necesitó antes de pensar poner en práctica sus antiguos proyectos; pero á la primer vislumbre de mejoría se dedicó con perseverante preferencia á luchar contra las dificultades que la hostilidad del gobierno y la apatía de sus compatriotas le suscitaban y lograr el fin de sus anhelos: el establecimiento de un colegio cuya dirección se reservaba, para organizarlo conforme á sus ideas, acercarlo en lo posible al modelo filosófico que llevaba en la mente desde mucho tiempo atrás, tal como lo había esbozado en la proposición última del elenco de sus lecciones públicas de 1840; "escuela de pensamientos y virtudes, no queremos filósofos expectantes ni eruditos de argentería, sino hombres activos de entendimiento y más activos de corazón".
La soberbia frase de su empresa de educador, el hermoso apotegma que condensa todo su programa: "educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para la vida", no podía realizarse enseñando en clases más ó menos públicas, ni escribiendo libros de texto ó tratados teóricos; era preciso crear una gran escuela, primaria y superior, de la que no saliesen los alumnos durante la semana, y donde fuese, por tanto posible, educarlos en el verdadero y más lato sentido de la palabra.
Así, por fin, lo consiguió; dióle el nombre de El Salvador, por el barrio de la ciudad donde estaba, aunque luego la voz pública asignó otro origen al título y le atribuyó un sentido literal en pro del porvenir del país, cosa en que primitivamente no se pensó. La casa, antigua vivienda privada, se modificó para adaptarla en lo posible al nuevo objeto, y sobresalía por la preciosa cualidad de tener detrás jardines extensos, un vasto prado cubierto de césped, de arbustos floridos, de frondosos árboles seculares que por diversas partes formaban pequeños bosques, y allá en un extremo un arroyo de cauce artificial, una zanja, que por accidente del terreno se precipitaba á guisa de minúsculo torrente, y se ensanchaba después entre orillas cubiertas de grupos espesos de "cañas bravas", gramíneas gigantescas cuyas ramas, semejantes á las de ciertos sauces, tamizaban por la tarde á la hora habitual del recreo de los alumnos los rayos del sol poniente, y mantenían en continua y misteriosa alternativa de luz y sombra la plácida superficie, sobre la cual se reproducían y se borraban, en rápida sucesión, las líneas de las ramas hojosas, de los verdes y anillados tallos, imagen poética de la vida efímera de seres y cosas sobre la tierra. Toda esa abundancia de luz y de espacio era inestimable allí, porque los discípulos, según el reglamento, volvían á sus casas solamente los días de fiesta, y entraban siempre en el colegio los domingos por la noche, hasta el sábado siguiente.
Por desgracia había que subordinarse en cuanto á la enseñanza y clasificación de las materias al Plan de estudios oficial, redactado en Madrid para la Universidad única de la isla; de otro modo no hubieran venido al colegio alumnos de más de doce años, mínimum de edad exigida para comenzar los estudios universitarios del bachillerato en Filosofía, paso primero é indispensable hacia las carreras liberales, esto es, hacia la licenciatura en jurisprudencia, medicina y farmacia, únicas abiertas en el país, no existiendo escuelas especiales de ninguna otra, estando la política y las armas absolutamente vedadas, y no acostumbrando la metrópoli, salvo excepciones contadas, proveer en hijos de Cuba cargos importantes del orden judicial ó de la hacienda pública. Ese plan de estudios que fué, sin embargo, como ya indiqué, prenda de progreso, porque retiró de manos de los frailes de Santo Domingo el monopolio de la enseñanza superior, dividía en cuatro cursos anuales los estudios de filosofía, acumulando asignaturas á razón de siete ú ocho en cada año; y cuenta que entre ellas no se incluía ni la aritmética ni la gramática ni aun la lengua latina, porque se suponían aprendidas y bien sabidas, antes de los doce años; ¡como tampoco las lenguas vivas, completamente desdeñadas por el legislador, en un país donde los negocios tendían á hacerse casi únicamente con el extranjero! Plan insensato en todas sus partes; para acabar de juzgarlo, basta tener presente que en sólo el primer curso exigía de niños de doce á trece años el conocimiento cabal de todas las materias siguientes:
Toda el álgebra y toda la geometría; bajo el título de "Introducción á la historia natural", un curso de anatomía y fisiología elementales; un curso de mineralogía á otra hora y con otro profesor; primer año de física; la geografía y cronología completas; y por último toda la historia antigua hasta la caída del Imperio romano.
En los otros tres años era idéntico el hacinamiento de materias, y todo ello, en el tiempo y orden dispuestos, tenía que enseñarse en el colegio, amén de lo demás indispensable en la instrucción ordinaria de un adolescente. Si el alumno entraba en el colegio de doce años, se quedaba por lo común cuatro más solamente, y á los diez y seis, edad del bachillerato, se encontraba convertido precisamente en lo que, como decía Locke, nunca debiera llegar á ser: un pequeño pedante. Si había sido aplicado y pundonoroso y luchado con todas sus fuerzas por satisfacer á cuanto se le exigía, salía de ese cuarto año, como del cuarto círculo de un infierno, debilitado, entontecido por el exceso de trabajo mental en tan peligroso período de la existencia.
En terreno tan desfavorable, en condiciones tan adversas, había que trabar el combate; en él y con ellas emprendió Luz su espinoso apostolado.