"La buena y la mala fortuna, los dos escultores de la naturaleza para el pulimento de la materia humana."
"Esperar que las aguas del interés dejen de seguir su natural cauce suele ser la ilusión de los buenos y los patriotas. Mas para mejorar el mundo se necesitan esas ilusiones."
"La infancia gusta de oir la historia, la juventud de hacerla, la vejez de contarla."
"Existen almas generosas que quieren las alas no tanto para volar con ellas como para cubrir á los demás."
"Piedra filosofal que convierte en oro todas las escorias, una mujer amante."
Era tanto esa forma la vestidura natural de sus ideas, que casi siempre sus arengas de fin de año en el colegio, muy á menudo sus pláticas semanales, empezaban y acababan con aforismos. "Sembremos fe y brotarán á raudales la esperanza y la caridad," fué el principio de una de ellas, mientras otra, en que había aludido á los triunfos de Napoleón III, vacilante á veces sobre su trono á causa de las antinomias de su política, del terrible pecado original de que nunca pudo librarse, concluía de esta manera: "Antes quisiera yo que se desplomasen, no digo tronos de emperadores, los astros mismos del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral".
En el mismo tono, no ya solemne, antes bien humilde, pero igualmente breve y expresivo, se le oía, pocos días antes de morir, cuando fijando sus ojos de águila mortalmente herida en el pariente que le sugería, según la frase vulgar, la oportunidad de ponerse bien con Dios, replicaba: "Siempre, durante toda mi vida, hijo mío, he estado bien con Dios". Y acaso nunca se habrá pronunciado con más sincero fervor el nombre de la Divinidad; de la Divinidad comprendida en su más amplio sentido, sin sombra de fanatismo ni de hipocresía, como tampoco de estrechez dogmática, por un hombre puro, que sin esfuerzo, cediendo al rumbo natural de su inteligencia, al impulso poderoso de su carácter, de su temperamento, había logrado conciliar dentro de su conciencia las doctrinas de austera filosofía científica, fundada en la experiencia, con la fe más robusta en los auxilios de una religión consoladora. La fe, la mística confianza en un poder sobrenatural, era la atmósfera en que vivía, en que se ensanchaba su corazón atribulado, y sin vacilar lo proclamaba: "El misticismo es el refugio de las almas puras contra esta podredumbre que llamamos mundo", escribía en 1852; y en 1856, como sintiéndose más firme, más seguro, agregaba: "La filosofía es el misticismo de las almas fuertes". Pocos quizás habrán desplegado fortaleza mayor, confianza más plena y reflexiva en la divinidad así considerada, sin caer en el quietismo, ni en la indiferencia por los detalles de la vida cotidiana, sin abandonar uno solo de los deberes prácticos que su posición demandaba, y que tan abnegadamente desempeñó.
Haber logrado conciliar dos tendencias intelectuales, tan distintas no es caso en extremo raro, y en todo el siglo XVIII, lo mismo que á los principios del XIX, no faltaron espíritus sagaces que, partiendo del empirismo fecundo de la escuela analítica creada en Inglaterra por Locke, y manteniéndose dentro de los límites de la experiencia, guardaban fe profunda en el Supremo Hacedor, y creían, como lo expresó Luz en el lenguaje figurado, á veces pomposo y en él tan natural que "las ciencias eran los ríos que nos llevan al mar insondable de la Divinidad."
Pero su misticismo conserva bien el sello de su generosa personalidad; sobrepone siempre la caridad á la fe y aun á la esperanza; no es, como felizmente se ha dicho[65], de los que por conducir á Dios apartan de la humanidad; es, por el contrario, de aquellos que cifran su anhelo en acelerar el progreso de la civilización, por medio de la difusión de las luces y el mejoramiento de la vida social.