Ni el dogma, ni el misterio indescifrable le importan tanto como la función social y el interés de la especie humana. "La religión," predicaba, "es una potencia armonizadora, consuelo de los desgraciados y freno de los favorecidos de la fortuna: sperate miseri, cavete felices". Este pensamiento bajo diversas formas aparece en varios de sus escritos.
Con ardor igual pregonaba y defendía sus opiniones filosóficas, y en la reñida polémica que sostuvo con los partidarios habaneros de las doctrinas de Victor Cousin, desplegó la más impetuosa energía, arrollando y desbaratando al adversario, aunque sin apelar por supuesto en ocasión alguna al denuesto ó á la injuria, bien que contra él no hubo empacho de esgrimir esas armas.
Esas opiniones, que cauta y reflexivamente abrazó después de largas meditaciones y estudio detenido de las obras originales de los filósofos más eminentes, son en su esencia las doctrinas de John Locke, creador de la metafísica moderna, como dijo D'Alembert; pertenece, pues, Luz á la gran escuela cuyo método es proceder siempre por medio de la observación directa, para edificar únicamente sobre la base de la experiencia. Siguiendo por donde navegaron tanto Locke mismo como sus continuadores franceses é ingleses del siglo XVIII, sabe no sólo evitar muchos de los escollos y las falsas corrientes que alargaron innecesariamente el viaje, sino que se guarda bien de quedarse inmóvil, estacionado en las aguas á que los otros llegaron. Utilizando los progresos de la investigación científica en todas direcciones, va intrépidamente más lejos, é indica á sus alumnos cuanto había que aprender por medio de la fisiología del cerebro, tanto en el hombre como en la serie de los animales, avanzándose hasta afirmar que el sistema de las localizaciones cerebrales era "la tendencia irresistible de todo el andar de la ciencia", y que "la patología es ahí la experimentadora, el instrumento de la fisiología".
Respecto de las cuestiones religiosas se hallaba probablemente muy de acuerdo en el fondo con lo que expuso Locke sobre "la infalibilidad de las Escrituras y la racionalidad del cristianismo"; pero ya en ese mundo, ya dentro de esa atmósfera, su sangre latina, su temperamento meridional, desarrollaron un fervor de convicción, un acento apasionado de que no hay rastro en las producciones del escritor inglés, y que sirvieron para dar salida al tropel de sentimientos de amor y caridad anidados en su pecho, conciliando la ternura con el misticismo.
Es sabido que fué el eclecticismo la última, la más abigarrada, aunque la más tenue, entre las muchas vestiduras con que se cubrió la reacción europea del siglo XIX contra las teorías filosóficas del XVIII; debió la mayor parte de su éxito y predominio temporal al carácter literario y erudito que desde luego asumió, bajo la dirección de Victor Cousin, el cual fué filólogo, anticuario, bibliófilo, literato, orador académico, jefe de secta, todo menos pensador original ó investigador desinteresado de verdades filosóficas. Los desequilibrios de la política francesa y el régimen de híbrido monarquismo, de oligarquía y libertad, que se estableció al impulso de la insurrección popular de 1830, convirtieron á Cousin en una especie de pontífice puesto á la cabeza de la instrucción pública del país; y á la filosofía que había enseñado desde su cátedra de profesor de la Sorbonne en doctrina oficial, transmitida por la falanje disciplinada de maestros, que ocupaban todos los empleos en escuelas, liceos y universidades. La novísima filosofía, cómoda, especiosa, albergaba y acariciaba en su seno las cosas más heterogéneas, aliando la claridad y simetría oratoria de la literatura clásica francesa al idealismo relativo de la filosofía escocesa, á la crítica de Kant, al idealismo absoluto de Hegel, amén de otros ingredientes, sin olvidar los precursores y antepasados que contó Hegel muchos siglos antes en Alejandría. Había hallado pronto en la Habana excelente acogida, lo mismo que en casi todas las naciones latinas de Europa y América. El carácter de disciplina oficial, que tan impregnado traía desde Francia, le sirvió desde luego de pasaporte, y es lo cierto que al reformarse en la isla de Cuba los estudios universitarios se sentaron como catedráticos de la Facultad de Filosofía, por nombramiento del gobierno, sin preceder concurso ni oposición, cuantos en la ruidosa polémica con Luz habían combatido del lado del eclecticismo, quedando de ese modo determinado el sistema filosófico que allí debía enseñarse, bajo los auspicios de las autoridades, que en otras cosas eran, sin embargo, opuestas á toda innovación.
Todo era á Luz antipático en la nueva filosofía: la forma y el fondo, el método y las ideas, el abuso de la retórica y el vago idealismo. Su constante anhelo de inculcar á la juventud otra clase de principios lo decidió á combatirla con todas sus fuerzas, aceptando la discusión pública como un deber ineludible, y emprendiendo, casi enteramente solo, una cruzada contra lo que juzgaba pernicioso charlatanismo. La campaña en definitiva fracasó; no pudo él prever ni la coalición de los intereses particulares, más poderosa que el amor de la verdad, y que contra él logró congregar toda una hueste en torno de los hermanos González del Valle, principales campeones eclécticos; ni la suspicacia de un gobierno despótico, que miraba con mal encubierto recelo toda discusión sobre cuestiones abstractas, y que nunca había contado á Luz entre sus paniaguados; ni por último la fatiga física que la lucha violenta tenía que producir en organización tan nerviosa é impresionable como la suya, y que ya entonces presentaba signos de prematuro decaimiento.
Quedó, pues, la tarea incompleta, la polémica súbitamente interrumpida; suspendida también después, á la segunda entrega, una Refutación en que destruía uno á uno los cargos de Cousin contra Locke. Todo ello difícilmente pudiera hoy interesar á los lectores. El largo medio siglo transcurrido y los progresos de las ciencias encaminadas por otros rumbos han minado para todo tiempo construcciones tan artificiales, caprichosas y endebles como el espiritualismo ecléctico de Cousin. De Cousin mismo como filósofo muy pocos se acuerdan ya en su propia patria; apenas se oye pronunciar su nombre, ni aún en la famosa Sorbonne, donde tronó y fulminó como el Júpiter omnipotente de la filosofía; se han alterado en puntos esenciales sus doctrinas, descartando de ellas lo que él más apreciaba, y haciendo imperar casi exclusivamente el criticismo kantiano; y ni siquiera se usan ya los textos que, por orden suya y bajo su inspiración, escribieron sus discípulos.
Siempre será de lamentarse la parte de Luz en esa polémica, porque en ella consumió sus fuerzas inútilmente, y se condenó á no hacer otra cosa en el período mejor de su vida, en el único en que corrieron parejas la salud del cuerpo y la madurez de sus facultades. Fué provocado y, en su carácter de profesor libre de filosofía, no podía declinar el reto y rehuir la lucha; pero si no hubiese malgastado su tiempo de esa suerte, habría quizás podido presentar al público sus doctrinas en "una obra propiamente sintética," como se proponía y lo anunció al principio de la Impugnación; sabríamos entonces con precisión hasta donde seguía la metafísica de Locke, y desde donde se apartaba de ella para armonizarla con los adelantos de las ciencias positivas, y habría en la bibliografía cubana un libro más, de alto valer, suficiente él solo para demostrar que, á pesar de sus infortunios y mísera situación política, se cultivaban y ricamente prosperaban en Cuba estudios que en otras regiones del continente estaban en la infancia todavía.