Hasta 1868 que comenzó la insurrección, ninguna pluma cubana había acometido la empresa de consignar en un libro la historia de la vida del maestro, de estudiar sus escritos y su influencia como filósofo y como educador; y después de esa fecha el libro no podía salir de la Habana, donde durante diez años debía vivirse bajo la ley marcial más terrible, como dentro de plaza sitiada; ni mucho menos del territorio insurreccionado, donde la lucha encarnizada y sin cuartel no daba á los combatientes punto de reposo. Ese primer homenaje era natural que viniese de los Estados Unidos, porque allí estaba reunido un gran número de cubanos, familias enteras, aguardando ansiosas la hora de volver á sus hogares abandonados.

Residía entonces emigrado en Washington José Ignacio Rodríguez, distinguido abogado y profesor de ciencias en la Habana, que si no había sido discípulo de Luz en su juventud, había desempeñado clases en el colegio, había recibido largo tiempo la influencia del maestro que le inspiró siempre ferviente admiración. A pesar de la distancia y de lo revuelto de la época, reunió en la capital norteamericana gran copia de datos, y añadiéndolos á sus recuerdos personales compuso, primero que nadie, una detallada é interesante biografía. Ni por las circunstancias excepcionales en que se daba á la estampa, ni por las condiciones personales del autor, había motivo de esperar un trabajo crítico definitivo; pero una emoción tan sincera anima toda la narración, y domina de manera tan comunicativa el entusiasmo al escritor, que ha podido decirse con exactitud que recuerda su libro por lo sencillo y reverente las Actas de los Apóstoles ó las vidas primitivas de los Santos.

Hubiera bastado en cualquiera otra época el nombre de Luz para hacer circular abundantemente entre cubanos la nueva obra, pero en el año de 1874 las peripecias de la guerra embargaban los ánimos, indiferentes á todo lo que no hablase de la lucha que ensangrentaba el suelo de la patria. Cuatro años más debía durar la guerra, sin embargo de que, para quien hoy estudia la historia de ese doloroso período, es evidente que en 1874 la insurrección, como empresa militar, estaba virtualmente vencida y se mantenía, tanto á causa de la obstinada ferocidad española fusilando prisioneros y buscando la sumisión sin condiciones, como en virtud de la legitimidad del programa cubano, del derecho de sus pretensiones, de la verdad de sus agravios, que en tan desigual campaña inspiraban á sus defensores denuedo y constancia suficientes para arrostrar por todo, hasta el fin, sin desfallecimiento.

La paz se restableció en 1878, cuando la metrópoli consintió reconocer á la colonia algunos derechos políticos, de los que durante todo el largo reinado de Isabel II tenazmente había rehusado, y los insurrectos, salvado el honor, depusieron las armas, abriéndose de nuevo para todos las puertas de la patria.

Puede decirse que junto con los combatientes, con los emigrados, con los pregonados tantas veces como reos de muerte que volvían á sus casas, volvía también á su país Don José de la Luz, terminado el ostracismo impuesto tan duramente á su memoria.

Fué un gran cambio, mas no se realizó desde luego de una manera completa; necesitóse aún tiempo para que, suprimido el régimen de la censura previa, no estuviese la libertad del pensamiento á la merced de empleados subalternos é ignorantes, ansiosos de obtener el favor de la sección irreconciliable del partido hostil á toda reforma susceptible de arrancarle el poder, que nunca hasta entonces había salido de sus manos.

Uno de los primeros que elevaron la voz para ensalzar á Luz fué Enrique José Varona, que por sus vastos y profundos conocimientos, la energía de sus convicciones, el esfuerzo incesante por mantener su espíritu en perfecta comunidad con todas las manifestaciones del pensamiento científico moderno, era algo muy semejante á lo que en su juventud había sido Luz para Cuba: personificación, por así decirlo, de la filosofía, esperanza del país bien deseoso en tan crueles condiciones de albergar en su seno hijos dignos de cultivar y trasmitir á los demás esas formas elevadas de la ciencia. En la conferencia inaugural del curso libre de filosofía, que abrió en 1879, al tratar de lo que habían sido esos estudios en la isla, condensa Varona en breves y brillantes frases los trabajos de Luz, lo llama "el pensador de ideas más profundas y originales con que se honra el Nuevo Mundo", y añade que fué, entre nosotros, "en este ángulo remoto del mundo civilizado, un verdadero precursor de ideas que hoy se predican con aplauso en los centros de la cultura humana". Nada más justo y oportuno que, al iniciar el joven y docto filósofo, ante un auditorio de cubanos, su magistral exposición de las sólidas y fecundas doctrinas científicas que han renovado las bases de la enseñanza filosófica contemporánea, reservase algunas de sus vigorosas pinceladas para trazar rápidamente el elogio del maestro, del que primero había estudiado y desarrollado ante alumnos cubanos las grandes enseñanzas de los sabios del siglo XVIII.

Apenas aflojaron un tanto las trabas que aprisionaban la imprenta y cohibían con freno de bronce todo impulso capaz de aunar y encaminar hacia un fin patriótico el sentimiento público, se organizó por Gabriel Millet y Raimundo Cabrera una suscripción popular para trasladar á mejor terreno los restos de Luz y erigir en el nuevo cementerio, pues en otra parte de la ciudad las autoridades no lo permitían, un modesto monumento. Las cuotas afluyeron pronto de todas partes, y el mármol, labrado en París, quedó colocado en 1887.

La biografía escrita por J. I. Rodríguez había ya en esa fecha llegado á su destino y encontrado sus lectores, su verdadero público, como lo prueba el haberse agotado la edición, é impreso una segunda al año de concluída la guerra. Llegó al mismo tiempo la hora de someterla á examen crítico, tarea á que ninguno podía considerarse mejor preparado que Manuel Sanguily, alumno del Salvador, que si bien era sólo un niño de trece años á la muerte de Luz, había siempre guardado y cultivado con amoroso empeño su recuerdo, precisándolo y avivándolo en el colegio, que después fué su casa largo tiempo, y donde todo, profesores, discípulos, tradiciones, costumbres, hasta los objetos mismos inanimados, traían á la mente sin cesar la imagen del venerado maestro. Al volver del campo de la insurrección, donde había sacrificado en servicio de su patria lo mejor de su vida, leyó con ávida curiosidad el libro de Rodríguez; éste también había sido su maestro en el colegio, y en la triste situación política, fracasadas las esperanzas patrióticas, era quizás el único consuelo posible buscar otra vez dulces y solemnes impresiones de períodos ya lejanos, ciertamente más gratos y venturosos.

Sorprendió en extremo á Sanguily en la obra de Rodríguez el propósito de encarecer la perfecta ortodoxia de las opiniones de Luz, muerto, según afirma, "dentro del seno de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana"; y más aún el presentarlo, en cuestiones políticas, como dominado por el temor de favorecer la lucha armada, y si bien ansioso del más alto grado de libertad para su país, queriendo todo progreso "como se consigue en Inglaterra, sin sacudidas, sin violencias, sin ruina, sin trastorno, sin efusión de sangre".