Demuestra Rodríguez la primera de esas dos afirmaciones con la partida de defunción, suscrita por el Cura de la parroquia, en que se dice que recibió Luz "el santo sacramento de la Penitencia", y que el biógrafo considera "prueba oficial y completa", olvidando que habla de un país donde ni existía ni se reconocía más que un solo culto, donde los actos más importantes de la vida estaban por fuerza subordinados al cumplimiento de sus ritos y sacramentos, y donde, por consiguiente, certificados de ese género carecían de valor absoluto, y se redactaban y expedían por fórmula á menudo, como se expedían billetes de confesión en Roma pontifical, cuando sin ellos no era posible obtener del Secretario de Estado ni siquiera un pasaporte. Luz, que positivamente era tenido, y se tuvo él mismo, por católico, no podría hoy calificarse rotundamente de apostólico romano; fué un católico liberal, sin duda: Rodríguez así lo dice en otro lugar del libro, pero los que en su tiempo se llamaban liberales quizás pasarían hoy por heterodoxos, y en ese sentido iba Luz tan lejos como el que más.
En cuanto al suceso objeto de la controversia, al hecho concreto de la confesión final, la verdad unánimemente asegurada por los que en los últimos días le rodearon, es que ningún sacerdote se acercó á su lado en todo ese período final de su existencia[66].
Respecto á su posición en cuestiones políticas del país, es cierto, como dice muy bien su biógrafo, que, "no permitió jamás á sus discípulos una expresión de crítica, una caricatura, un sarcasmo, una alusión siquiera, contra el gobierno y las instituciones existentes." Su influencia en la historia del país, en los trágicos sucesos ocurridos después de su muerte, se encuentra más bien en las ideas de viril energía, de resistencia inquebrantable á todas las formas de la opresión y la injusticia, de sacrificio en las aras del deber, de incesante abnegación, en una palabra, que inculcaba en sus lecciones y con su ejemplo. No era, no, el individuo asustadizo que sugieren las expresiones de Rodríguez, quien, en la página blanca de la portada del libro de Mazzini, República y Realeza en Italia, traducido al francés por George Sand en 1850, caracterizaba al revolucionario italiano con estas palabras: "el Lutero de la nueva época... en su corazón y en su lengua de fuego, en su fe y esperanza, infinita como el porvenir;" y corrigiéndose él mismo en seguida, agregaba: "pero no sólo es el Lutero, porque es cabeza, corazón y brazo," vituperando expresamente como ajeno al caso el tono quejumbroso del prólogo de la traductora. No era precisamente Mazzini el hombre á quien arredraron las violencias ni la efusión de sangre para conquistar la libertad de su noble país.
Improcedente también es, y Sanguily oportunamente lo indica, la alusión á Inglaterra, pues demasiado sabía Luz que ni en Inglaterra ni en parte alguna se ha logrado la posesión completa de la libertad y la independencia nacional sin sacudidas y sin efusión de sangre.
Algo más que aplicar al trabajo de Rodríguez el escalpelo de la crítica hizo también Sanguily; sin empeñarse en componer narración tan abundante y minuciosa, quiso á su vez trazar con sus propios recursos un retrato del maestro, de cuerpo entero; acumular sus vigorosas pinceladas en el centro luminoso de su cuadro, poner el dulce y meditabundo rostro en enérgico relieve y hacer brillantemente resaltar los rasgos esenciales. La obra es digna de todo aplauso; el estilo, lleno de calor, de concentrada energía, revela el hondo interés que el asunto le inspira y el ardiente deseo de no decir más que la verdad.
Las dos biografías, puede decirse, recíprocamente se completan; la de Rodríguez, sin rigor de método en la distribución de la materia, sin plan estrictamente limitado, fuera del orden cronológico naturalmente indicado, semeja esos ríos caudalosos que corren sobre terrenos llanos entre orillas indeterminadas, mientras que la de Sanguily, como un torrente impetuoso que viene de las montañas, no cesa un instante de desplegar la fuerza que exige su ruta entre desfiladeros. Gracias á ellas sabrá la posteridad cubana cual fué el verdadero temple de alma del hombre que tanto influyó allí durante tres generaciones. Ambos trabajos, muy notables, aunque por tan diverso espíritu informados, eran en el presente caso más necesarios, porque Luz, como hemos visto, no escribió nada bastante extenso y meditado para dar hoy cuenta cabal de su valor como educador y como filósofo. Sin las declaraciones de sus discípulos faltaría un elemento esencial, como carecería el mundo—si parva licet componere magnis—de los elementos necesarios para conocer y comprender á Sócrates, si no nos hubiera Jenofonte conservado sus Memorabilia.