Historia de San Martín y de la Emancipación sud-americana (según nuevos documentos) por Bartolomé Mitre.—Segunda edición corregida.—4 vols.—Buenos-Aires. 1890.

Años hacía que el público esperaba con interés, cuando en 1889 apareció la prometida historia del célebre general José de San Martín, en cuya preparación desde largo tiempo atrás se ocupaba Don Bartolomé Mitre, antiguo Presidente de la Confederación argentina y uno de los más conspicuos entre los personajes contemporáneos de América. La obra no ha, de seguro, defraudado las esperanzas de los que aguardábamos un trabajo sólido y original, es decir, construído sobre bases enteramente propias y nuevas, bastante amplio para reunir los elementos necesarios que definitivamente presenten á la posteridad el carácter, bien oscuro y enigmático en ciertos momentos, así como los actos públicos del que es, después de Bolívar, como hombre de guerra y como creador de naciones, el más famoso entre los héroes que batallaron y vencieron en pro de la independencia hispanoamericana.

La primera observación que ocurre, al acabar de leer la última página, es que ganaría mucho la obra, su circulación y su influencia, si fuese menos voluminosa,—cuatro gruesos tomos en cuarto español, de setecientos á ochocientos folios cada uno; y que sin suprimir, por supuesto, uno solo de los documentos justificativos que van al final de los volúmenes y que son todos interesantes y nuevos; con sólo abreviar las cosas que se dicen y discuten más de una ó dos veces en virtud del paralelismo, útil y luminoso casi siempre, que establece el autor al trazar la marcha de la revolución libertadora en el norte y el sur del continente; con aligerar en fin las reflexiones generales que reiteradamente preceden á muchos de los capítulos, se reduciría el conjunto de una manera notable y el efecto resultaría de mayor eficacia. Con esto se habría, además, evitado uno de los defectos del libro, que termina de súbito, precipitadamente, reduciendo por falta de espacio, según en una nota lo advierte el autor, á unas cuantas páginas zurcidas de cualquier modo la vida de San Martín en el ostracismo, esto es, durante los veintisiete años corridos desde 1823 que abandonó lleno de amargura y desengaños el teatro de sus triunfos, hasta 1850 que murió, en Boloña, frente al estrecho de la Mancha, cumplidos los setenta y dos años de su edad.

Es lástima, por consiguiente, que después de haber consagrado el general Mitre largo tiempo á reunir materiales y completar sus estudios de la vida de San Martín; de haber tenido la fortuna excepcional de que la familia Balcarce le entregara todos los documentos y papeles dejados por el héroe argentino; de haber logrado desentrañar en otros archivos públicos y privados manuscritos curiosísimos; de haber consultado, bien verbalmente, bien por cartas, muchos contemporáneos y obtenido con frecuencia noticias preciosas; de haber ido personalmente á visitar y estudiar sobre el terreno las quebradas de los Andes por donde pasó San Martín con el ejército que debía vencer en Chacabuco y en Maipu, así como el campo que cubrieron esas dos batallas inmortales; después de haber, en fin, escudriñado y llegado á saber como ninguno tan interesante período de la historia de América, al sonar la hora crítica de ofrecer al público el resultado de todos esos esfuerzos y vigilias, el fruto de todos esos privilegios y favores de la fortuna, en una obra merecedora de ser indestructiblemente fabricada y digna de la posteridad á que seguramente se encamina, decida el autor improvisarla, es decir, imprimirla á medida que la va escribiendo, sometiéndose á la necesidad de encerrar la materia en límites estrictos, de reducirse, al final, á rasgos generales y á breve resumen, cuando en capítulo tras capítulo anterior ha hecho exactamente lo contrario, y ha relatado minuciosamente episodios de la historia de Venezuela y de Nueva Granada, no directa y forzosamente ligados á la vida de San Martín.

Dado tal sistema de escribir é imprimir simultáneamente, lo cual vedaba en absoluto toda idea de corrección, simetría y armónico desarrollo de las partes; dado también el empeño de tratar cada episodio importante como monografía aislada, lo cual fuerza á volver sobre sus pasos y repetir cosas ya dichas y suficientemente tratadas, era inevitable el inconveniente, y el lector experimenta verdadero desengaño al encontrarse privado de "los documentos interesantes y nuevos" sobre el ostracismo de San Martín, que el autor cruelmente nos advierte que posee y no aparecen ni siquiera en el apéndice. Esos documentos deben contener, es claro, multitud de útiles detalles, y aclararán diversas dudas que nos asaltan sobre la justa interpretación del carácter reservado, tenaz, impasible, orgulloso, del Protector del Perú. Importaba muchísimo completar la obra iluminando toda esa faz de su asunto, porque nos parece engañarse el general Mitre á sí mismo, al decir que "el ostracismo interesa más á la biografía íntima que á la historia general", cuando lo cierto es que la biografía íntima de personajes que han estado á la cabeza de las naciones con las facultades de dictador que se arrogó San Martín en el Perú, influyendo poderosamente de ese modo en el encadenamiento y marcha de los sucesos, forma parte esencial de la historia general; una y otra se penetran y mutuamente modifican hasta el punto de ser necesario para llegar á la verdad ir con la plomada al fondo de los sucesos y al fondo del carácter del hombre que los dirigió, del hombre que, aun arrastrado ó dominado por ellos, puede en todo tiempo precipitarlos ó interinamente contenerlos.

San Martín se retiró del Perú virtualmente vencido, llevó á cabo su retirada de una manera tan brusca, tan desesperada, tan en contradicción con la enérgica confianza y heroica osadía desplegadas al organizar la expedición y efectuar su desembarco en las costas del virreinato, que ha sido siempre el más difícil y fascinante problema histórico comprender bien sus motivos, descubrir la clave para descifrar su voluntaria abdicación. Ha sido por mucho tiempo impenetrable misterio la historia de su entrevista famosa con Bolívar en Guayaquil, y es el suceso capital de su vida, la gran peripecia del drama de su existencia, pues después de ella volvió en el acto desalentado á Lima, convocó el Congreso que hasta entonces no había querido reunir, dimitió el cargo de Protector, y se embarcó para Chile con rumbo á Buenos Aires donde nadie lo llamaba, á pesar de que quedaba ocupando las sierras del Perú un ejército de veinte mil realistas mandado por generales tan hábiles como aguerridos; y no puede decirse todavía hoy que estén desvanecidas, ni mucho menos, las sombras que lo envuelven.

Toda la vida posterior de San Martín en el destierro, su inquebrantable silencio, su desasimiento completo de los negocios de América, fueron también consecuencia de la entrevista de Guayaquil, y sería bien curioso conocer los documentos á que alude Mitre y poseer detalles circunstanciados sobre ese último período, porque la verdad es que en cuanto al punto mismo misterioso, á los pormenores de la conferencia en el Ecuador, no ha descubierto en la rica mina que ha explotado nada nuevo ó importante que agregar á lo poco que ya sabíamos. Parece que ni siquiera se ha encontrado en el archivo de San Martín el borrador de la carta á Bolívar del 28 de Agosto de 1822, y puesto que era ya ésta conocida desde 1844, que la dió San Martín mismo al capitan Lafon para que la publicase, hubiera sido bien interesante conocer la respuesta de Bolívar, que debió sin duda haber existido, pues la correspondencia entre los dos duró un poco de tiempo más. Pero no ha aparecido, y el nuevo historiador, que trata este episodio con la debida extensión y con notable habilidad, ha debido apoyar únicamente sus conjeturas en esa famosa carta, en las revelaciones de Guido, tales como salieron en la Revista de Buenos Aires y en los antecedentes por todos conocidos.

Salvo algunos reparos puramente de forma, (y en materia histórica de tanta importancia esto ahora á nada conduciría), hay que dirigir muchas alabanzas á la obra. Bien que á veces severo, quizás en demasía, respecto de Bolívar, no puede tildarse de excesivamente indulgente hacia San Martín; á pesar de la admiración constante que le inspira, enumera con plena imparcialidad los errores militares y políticos por él cometidos durante su estancia en el Perú. Con suma penetración discute y desmorona las razones alegadas en sus proclamas de despedida; demuestra que no pudieron ellas ser las únicas que le hicieron tan inopinadamente abandonar el terreno, desairar toda especie de ruegos, y en la noche misma del día en que celebró su primera sesión el Congreso montar á caballo, sin más compañía que un asistente, correr á embarcarse en Ancón para Chile, donde fué hostilmente acogido, luego para Buenos Aires, donde halló duelos terribles y donde también, según lo dice Mitre, "fué recibido por el menosprecio y la indiferencia pública".

Las verdaderas razones no pudieron ser las que expresó: eran demasiado fútiles. Al decir que "la presencia de un militar afortunado es temible á los Estados que de nuevo se constituyen", y agregar seguidamente que "estaba aburrido de oir decir que quería hacerse soberano", encubría los verdaderos motivos de su conducta. Si no hubiese tenido otros, habría que declarar, como indica Mitre, que cedía á un arranque caprichoso de pueril enojo, indigno de un varón fuerte.

San Martín, que era sobre todo y antes que todo un militar, no podía á pesar de sus anteriores desfallecimientos,—tan dura y gráficamente relatados por Lord Cochrane en sus Memorias,[67]—dejar de ver muy claro que, con las tropas y recursos á su disposición en Julio de 1822, no lograría desalojar y vencer al enemigo, que corría su obra el riesgo de caer en el precipicio y él mismo terminar allí desastrosamente su carrera. Acudió, pues, á Guayaquil con el objeto de solicitar el auxilio de Bolívar y del ejército que acababa de triunfar en la falda del volcán de Pichincha, que acababa de ganar y sellar para siempre la independencia de la vasta sección del continente, que por corto tiempo debía llevar el nombre de "República de Colombia". Para el que bajo el nombre de Protector tenía entonces la responsabilidad del porvenir del Perú, la situación aparecía como gravísima y demandaba urgente tratamiento, que sólo Bolívar estaba en posición de aplicar para salvarla pronta y completamente. Había siempre considerado la popularidad con el mayor desprecio, sin descender jamás á las artes del demagogo por ganarla ó conservarla, pero no podía menos de observar y deplorar ahora que su prestigio ante el voluble pueblo peruano menguaba rápidamente y, lo que era aún peor, que entre los jefes mismos del ejército á sus órdenes cundían el desafecto y la indisciplina.