Era preciso, por consiguiente, que Bolívar en persona y á la cabeza de su ejército volase al Perú. San Martín ofreció, sin titubear, ponerse bajo las órdenes de su afortunado rival; "para mí hubiese sido", son las palabras de su carta de Agosto 28, "el colmo de la felicidad terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general á quien la América debe su libertad". Bolívar se negó en términos corteses, evasivos, pero que dejaron á San Martín penosamente convencido, como lo expresa sin ambages la citada carta, de que su presencia en el Perú era el obstáculo único que se lo impedía. Como, á juicio de San Martín, Bolívar solo con su ejército podía concluir rápidamente la guerra, no le quedaba más camino que retirarse de la escena; en ese instante probablemente tomó la determinación que dos meses después, sin más consulta de nadie, como imposición ineluctable de la suerte, debía realizar de manera tan rápida y violenta.
No debe olvidarse que nos falta la versión de Bolívar sobre el carácter y detalles de la entrevista, que ni en los treinta y tantos volúmenes de las Memorias de O'Leary, tan ricos de documentos, se halla cosa alguna importante que sumar á lo que ya se sabía; de modo que es más bien del lado argentino por donde han venido las noticias incompletas, fragmentarias y tardías que poseemos. Permiten, es cierto, formarse idea bastante aproximada, pero quizá aventure demasiado el general Mitre, recordando más bien el novelista que el historiador, al rehacer la escena con todos sus pormenores y creer que basta con los documentos "correlativos que la precedieron y siguieron" para imaginarla "sin agregar una palabra ni un gesto que no pueda ser comprobado". Hay un momento, que él califica de psicológico, en que dando forma de diálogo á su relato, al ofrecer San Martín servir á las órdenes de Bolívar, continúa en los siguientes términos: "Bolívar, sorprendido, levantó la vista y miró por la primera vez de frente á su abnegado interlocutor, dudando de la sinceridad de un ofrecimiento de que él no era capaz. Pareció vacilar un momento, pero luego volvió á encerrarse en un círculo de imposibilidades, etc." Es muy posible que así haya ocurrido, y el autor se esfuerza siempre por acompañar con notas precisas todo lo que dice, pero el sistema es inseguro y el terreno resbaladizo.
San Martín y Bolívar, á despecho de la identidad del punto de partida y del género de gloria que sobre ambos abundantemente derrama la posteridad americana reconocida, fueron hombres de carácter radicalmente distinto. Era también en su esencia muy diferente la situación que los circundaba en Julio de 1822. Bolívar, aunque parecía haber ya ascendido á la cumbre de la fortuna, quería y podía subir aún más alto; San Martín declinaba, se acercaba rápidamente al borde oscuro del largo período de olvido é indiferencia que debía atravesar antes de caer dentro de la fosa abierta en suelo extranjero, antes de que su merecida nombradía allí mismo reviviese; para no perder más la corona de luz que la ennoblece. No es extraño, pues, que al verse, por primera y única vez, durante sólo dos días, ni experimentasen recíproca simpatía ni lograsen mutuamente juzgarse con equidad y acierto. La modestia, la instrucción muy limitada, la circunspecta gravedad del argentino parecieron al hijo de Venezuela signos de espíritu mediano, que debe al acaso, á accidentes fortuitos, la gloria adquirida; mientras que la movilidad, la imaginación impetuosa, la sed inextinguible de aplausos y de honores que poseían á Bolívar, parecieron á su rival síntomas inequívocos de la vanidad más pueril, de la ambición más desenfrenada. Ambas injustas apreciaciones fueron realmente sentidas y expresadas, encuéntranse comprobadas por cartas y testimonios irrecusables citados todos en la presente obra.
¿Cómo habían de entenderse y aunarse en esfuerzo común caudillos tan desemejantes, cuyos caracteres, cuyas ideas tan enérgicamente se repelían? Todo tendía á denunciar y agravar la recíproca antipatía. La anexión violenta del territorio de Guayaquil á Colombia, ejecutada por Bolívar, sin atender, ni aun siquiera por forma ó por aparente complacencia, los deseos de los habitantes como tampoco los derechos anteriores del Perú, del Perú que había cooperado con su alianza á la conquista, hería en lo más profundo el alma de San Martín; y era ya un hecho consumado, que ni traer á discusión se podía; Guayaquil pertenecía á Colombia, como pertenecería después al Ecuador, y el Perú quedaba para siempre privado de esa situación comercial incomparable á orillas del caudaloso Guayas.
La organización futura de los países libertados era otro motivo de seria divergencia; San Martín persistía en sus proyectos de monarquía, de coronas ofrecidas á príncipes de familias soberanas de Europa, y Bolívar, conviniendo en que el pueblo hispanoamericano no estaba educado para un régimen democrático, agregaba que la monarquía solamente era posible "á condición de que los monarcas fuesen americanos", lo cual parecía grotesco y, por lo que podía haber en ello de personal, hacía reír á su adusto interlocutor.
Algo aventurado se nos antoja, por parte del general Mitre, el inferir del silencio guardado acerca de los detalles de esta conferencia que no quedase Bolívar satisfecho de sí mismo y se sintiese "vencido moralmente por la abnegación" de su rival. Muy ilógico, por el contrario, hubiera sido que en aquellas circunstancias se hubiese él prestado á salir inmediatemente para Colombia, invitado, no por el pueblo peruano sino por San Martín, en quien veía un hombre gastado, pero cuya reputación, aunque carcomida, estaba superficialmente intacta y había de hacerle sombra; cuya enérgica voluntad había de estorbarle por todos los caminos, poniendo obstáculos á la realización del magnífico programa de gloria y de poder que lo embriagaba. La negativa parece muy natural y muy explicable, como lo es también la amarga decepción que produjo. La alianza inmediata, concertada en la forma solicitada, hubiera, sin duda, sido mejor y más beneficiosa para todos, para Colombia y para el Perú, para Bolívar y para San Martín, pero si era entonces improbable, casi imposible solución, á nada conduce deplorarlo ahora. Allá hacia el sur del continente, en el Perú, en la futura Bolivia, cuyo nombre por sí solo sería una apoteosis, adivinaba, veía claramente Bolívar una luz esplendorosa que lo atraía con fuerza arrolladora, á que debía correr para deslustrar sus colores, para quemar sus alas, precipitarse en un mar de lisonja y adulaciones, hasta saciar su inmensa vanidad. Llevábalo también hacia allá ocupando toda la otra faz de su grande alma, la conciencia de su deber, el convencimiento del nuevo y mayor servicio que podía prestar, la seguridad de completar con ese último esfuerzo la obra sublime, la tarea de semidiós á que había consagrado su existencia. Era tiempo, pues, de que San Martín volviese la espalda, de que se retirase, torvo, frunciendo el ceño que no debía desarrugar durante tantos años. Nada le quedaba que hacer allí, no había más hueco para él, sus eminentes cualidades de hombre de guerra, su honradez, su fijeza de propósito, no tenían ya más en qué emplearse.
"El Libertador no es el hombre que pensábamos", mandó tristemente á decir á su amigo el Director supremo de Chile; y sin perder una hora dispuso á gran prisa las cosas como mejor pudo, para dejar pronto esa tierra donde no cabían ambos rivales, para que pudiese libremente venir el más joven y afortunado de los dos á recoger la brillante cosecha de gloria que le estaba reservada. Por desgracia no vino tan veloz como se esperaba y, si en efecto recogió luego con creces lauros tan grandes como merecidos, faltaban aún antes del desenlace tres años crueles de anarquía, de guerra y destrucción.
Con franqueza declaro que he comenzado á leer la obra del general Mitre por el último tomo, en busca de la narración de estos sucesos tan importantes y decisivos, creyendo no ser por ello injusto con el autor, pues la materia, como ha de suceder á todo americano, me era de antemano familiar, y en las vueltas del camino que mi ansiosa curiosidad me había incitado á seguir, no había abandonado un solo momento el hilo conductor.
No es posible encarecer demasiado todo lo que hay de enteramente nuevo y tratado con singular inteligencia de las cosas militares, con suma abundancia de detalles desconocidos hábilmente comentados, en la parte que se refiere á la creación del ejército de los Andes, á la residencia de San Martín en la provincia de Cuyo, á la admirable y dramática reconquista de Chile. El paso de la Cordillera, las jornadas inmortales de Chacabuco y de Maipu, la noche infausta de Cancharrayada que entre ambas batallas tan terriblemente se interpuso, están magistralmente relatadas con minuciosidad y con claridad, y hay planos muy ingeniosos para facilitar su estudio á los profanos en el arte militar. Muchos no se habrán dado de estos sucesos cuenta tan perfecta y cabal como ahora. Estos capítulos, que en suma encierran lo que es la gloria excepcional é inmarcesible del ilustre caudillo, abarcan la mitad de la obra; en ellos ha podido el general Mitre aprovechar la rica mina de documentos y de noticias por él acumulados con paciencia ejemplar, aplicar sus conocimientos especiales, su experiencia de los negocios públicos, su espíritu sereno y levantado, y bastan para asegurarle alto puesto, el primer puesto, entre los historiadores americanos de toda esa época.
Quienquiera intente después de él tratar directa ó indirectamente los acaecimientos de tan largo y crítico período, hallará el camino abierto y la tarea muy simplificada. Sin parar mientes más de lo estrictamente necesario en la extrañeza de ciertos adornos y recursos habituales de su estilo, en el lenguaje á veces oscuro para lectores no argentinos ó chilenos, agradecerá tan vivamente como debe el inapreciable servicio prestado á la literatura histórica en América.