—Sin duda—respondía el anabaptista en tono sentencioso—; pero está escrito: «¡No matarás! ¡No derramarás sangre de tus hermanos!»
Catalina Lefèvre, que se hallaba comiendo apresuradamente una lonja de jamón, y a quien, sin duda, aquella conversación desagradaba, se volvió con rapidez y contestó:
—Eso quiere decir que, si nosotros tuviéramos la religión de usted, los alemanes, los rusos y todos esos hombres rojos podían meterse por las puertas de nuestras casas. ¡Es curiosa esa religión de usted; sí, curiosa y conveniente para los bribones! Así pueden atropellar cómodamente a las personas honradas. ¡Los aliados desearían que tuviésemos una religión semejante, estoy segura! Pero, por desgracia, todo el mundo no se siente con vocación de cordero. Por mi parte, y sin tratar de ofender a usted, creo que es algo estúpido trabajar para los demás. En fin, ustedes son buenas personas y nadie puede desearles ningún mal; esas ideas son de familia y han ido de padres a hijos: el mismo camino que ha recorrido el abuelo lo sigue el nieto. Pero nosotros les defenderemos, no obstante, y después nos pronunciarán ustedes discursos sobre la paz eterna. Me agradan mucho los discursos sobre la paz cuando nada tengo que hacer y hago la digestión de la comida; eso conforta el ánimo.
Y después de dichas tales palabras, Catalina se volvió tranquilamente y acabó de comer el trozo de jamón.
Pelsly quedose estupefacto, y el doctor Lorquin no podía reprimir una sonrisa.
En aquel momento se abrió la puerta, y uno de los centinelas que se hallaban de vigilancia en los extremos de la meseta gritó:
—Señor Juan Claudio, venga usted a ver; me parece que quieren subir.
—Está bien, Simón, voy en seguida—dijo Hullin levantándose—. Dame un beso, Luisa; valor, hija mía; no tengas miedo, todo marchará bien.
Y la estrechó contra su pecho, con los ojos cargados de lágrimas. Luisa parecía más muerta que viva.
—Sobre todo—dijo Juan Claudio dirigiéndose a Catalina—, que nadie salga; ¡que nadie se acerque a las ventanas!