Lagarmitte estaba con ellos, pues no debía separarse del señor Juan Claudio en todo el día, para transmitir sus órdenes en caso de necesidad.
XIV
A las siete de la mañana no se había notado aún movimiento alguno en el valle.
De vez en cuando, el doctor Lorquin abría la hoja de una ventana de la sala grande y miraba: nada se movía; las hogueras se habían apagado; todo se hallaba en tranquilidad.
Frente a la granja, a unos cinco pasos, en un talud, se veía al cosaco muerto por Kasper el día anterior; estaba blanco por la escarcha y rígido como si fuese de piedra.
Dentro, el fuego de la estufa, que se había encendido, calentaba el ambiente.
Luisa, sentada al lado de su padre, miraba a éste con una inefable ternura; diríase que la joven abrigaba el temor de no verle más; sus irritados ojos revelaban que por ellos habían corrido abundantes lágrimas.
Hullin, aunque estaba sereno, parecía algo intranquilo.
El doctor y el anabaptista, serios y solemnes, hablaban de los asuntos de actualidad, y Lagarmitte, detrás del hogar, los escuchaba con recogimiento.
—Nosotros tenemos no sólo el derecho sino también el deber de defendernos—decía el doctor—; nuestros padres han cultivado estos bosques, los han hecho producir; es una legítima propiedad nuestra.